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Una lección de humildad

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"Mas entre vosotros no será así, sino que el que quiera hacerse grande entre vosotros será vuestro servidor" (Mateo 20:26).

Las palabras de Jesús sonaron de manera extraña a los discípulos, que esa noche esperaban tener un nuevo rey terrenal que los liberara del yugo romano. “Dar la vida"; "Ser un siervo"; "El más grande es el que más sirve". Esas referencias distaban grandemente de lo que debería ser un rey, en el imaginario colectivo popular.

En realidad, si hubiesen prestado atención a los discursos de los tres años, habrían recordado que Jesús lo había dicho varias veces. Pero ellos, como nosotros y la mayoría de los seres humanos, solo oímos lo que queremos escuchar.

Ese jueves de noche, en el aposento alto, Jesús lavó los pies de sus discípulos. Les dijo que eso es lo que hace un verdadero líder. También partió el pan, se los dio, y les explicó que representaba su cuerpo, ofrecido en sacrificio por la humanidad. Además, repartió y bebió el vino sin fermentar, y aclaró que se trataba de su sangre, que sería derramada muy pronto.

¿Tanto les costó entender esto a los discípulos? Antes de levantar nuestro dedo acusador hacia ellos, pensemos en cuánto nos cuesta ser humildes y serviciales.

Durante el desarrollo del cristianismo, la Iglesia Católica, en una etapa muy temprana, se refirió a estos símbolos. El 11 de noviembre de 1215 comenzó el Concilio de Letrán (Italia). En este evento, se definió la doctrina de la transubstanciación que, supuestamente, es el proceso por el cual el pan y el vino se convierten en la carne y la sangre reales de Cristo (basado en Mar. 14:12-26; Mat. 26:26-28; Luc. 22:14-20). Más allá de esta doctrina católica, la Biblia es clara al respecto, y no caben dudas del significado de estos símbolos.

Hoy puede ser un día histórico si aprendes a ser humilde. Ser humilde te hace más servicial, más dependiente de Jesús, más consciente de tu incapacidad para salvarte por tus propios méritos. Ser humilde te convierte en un instrumento más valioso y útil en las manos de Dios; te convierte en una persona con mayor ascendencia sobre los demás, y en un notable ejemplo que resalta en un mundo gobernado por la soberbia.

"Jesús, el amado Salvador, ha dado a todos notables lecciones de humildad [...]. Entre las últimas lecciones que dio a sus discípulos, hubo una sobre la importancia de la humildad. Mientras estos contendían en cuanto a quién sería el mayor en el reino prometido, se ciñó como siervo, y lavó los pies de aquellos que lo llamaban Señor y Maestro” (Elena de White, Joyas de los testimonios, t. 1, p. 517). PA


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