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Acérquense a Dios, y Dios se acercará a ustedes, Santiago 4: 8.

HACE POCO VIAJÉ DURANTE HORAS para ver a una familia que había crecido en la casa que estaba frente a la mía cuando yo era niña. Los hermanos de esa familia eran más o menos de la edad de mi hermano, mi hermana y yo, tenemos muchos recuerdos y fotografías felices de nuestras aventuras. Disfrutamos quedarnos a dormir en casa de ellos, campamentos, viajes de pesca, fuertes muñecos hechos de nieve, novios, novias, incontables horas de la infancia. En esa nueva visita, recordamos con cariño esos días felices. Habían pasado casi treinta años desde que nos habíamos visto, pues ahora vivíamos en diferentes estados. La mayoría teníamos hijos y nietos de los cuales hablar y durante el corto tiempo de la visita, nos alegramos al conversar.

Cualquiera pensaría que fue una ocasión de alegría, ¿verdad? Desafortunadamente, la reunión tuvo lugar debido a la muerte del padre de mis amigos y fuimos para presenciar su funeral. Su familia sabía que él ya duerme en Cristo y tenían la seguridad de volverlo a ver en el cielo, pero estas pérdidas nunca son fáciles de sobrellevar. Hubo un velo de tristeza durante la reunión. Recordé el fallecimiento mi propio padre años antes.

¿Por qué perdemos el contacto con nuestros seres queridos? ¿Cómo es que lentamente se alejan de nosotros en una corriente de ocupaciones? Antes de darnos cuenta, han pasado los años y hemos perdido un fragmento muy valioso de nuestras vidas.

Eso también puede suceder en nuestra relación con Dios. Si nos descuidamos y nos ocupamos demasiado con nuestras rutinas y no seguimos en constante comunicación con él mediante la devoción diaria y tiempo a solas, un día nos despertaremos y nos daremos cuenta de que ya no tenemos una relación cercana con el Señor. Hasta nos preguntaremos por qué está lejos.

Pero lo maravilloso de Dios es que, a diferencia de nuestras amistades humanas, no necesitamos una carta, correo electrónico o una llamada telefónica, tampoco un funeral para volver a estar en contacto con él. Únicamente hay que orar en voz baja. Decirle cómo nos sentimos. Pedir su ayuda con la seguridad de que responderá. Hacer el firme propósito de seguir en contacto con él, al saber que siempre está presente, esperando. Hay alegría en el cielo cuando una pecadora renueva una relación.

Fauna Rankin Dean


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