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Suave rocío

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Que caiga mi enseñanza como lluvia y desciendan como rocío mis palabras, como aguacero sobre la hierba, como lluvia abundante sobre los pastos, Deuteronomio 32: 2.

MIENTRAS RECORRÍA EL CAMINO hacia el edificio de la facultad, toda la naturaleza brillaba a la luz del sol después una lluvia suave y brumosa. Era época de lluvias en Sudáfrica y muchas flores silvestres se mecían con la pacífica brisa.

La época de lluvias en esta parte del mundo puede variar de un día para otro. Apenas unos días antes habíamos padecido un aguacero terrible. Había corrido agua de lluvia por muchos riachuelos por el mismo camino empinado, doblando o quebrando las flores y el pasto debido a la fuerza del viento y a la misma lluvia. Me había aferrado a mi paraguas para evitar que saliera volando. No disfruté esa caminata y sentí lástima por las flores que se agitaban en el chaparrón.

Pero el suave rocío de uno de los días siguientes era hermoso. Las flores se veían tan brillantes y animadas. Levantaban sus cabezas con orgullo para absorber la cálida luz del sol. ¡Qué contraste con lo sucedido unos días antes!

Pensé en los niños que nos encontramos cada día en casa, la escuela o la iglesia. Nuestras palabras afectan mucho sus emociones. Los niños en verdad necesitan preparación tanto como el pasto y las flores necesitan humedad, pero cómo se administra esa disciplina define su actitud. Con frecuencia nos enojamos y expresamos nuestras emociones con palabras rudas, pasionales. El niño se siente herido y trata de escapar al ataque, así como las flores se doblan bajo la fuerte lluvia. Algunos niños pueden quedar afectados de por vida. No obstante, si con paciencia y amor podemos recordarles bondadosamente que necesitan portarse bien, y los animamos, los jovencitos con frecuencia pueden sonreír y levantar sus cabezas, enderezar sus hombros y volver a intentar.

«Señor, qué benevolente fuiste con los niños mal encaminados. Enséñanos tus palabras y métodos cuando interactuemos con ellos cada día, para que los hagamos sonreír y alegremos sus corazones, mientras enfrentan las épocas de tormenta en sus vidas.»

«Jesús, llamando a los niños, dijo: “Dejen que los niños vengan a mí y no se lo impidan, porque el reino de Dios es para los que son como ellos"» (Lucas 18: 16). Que el Señor bendiga a medida que les hagamos caer el suave rocío.

Frances Osborne Morford


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