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La carrera principal

Matutina para Android

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Bien saben ustedes que de todos los que participan en una competición atlética, sólo uno recibe el premio. ¡Corran como para gana! Y ya ven de cuántas cosas se privan los que se entrenan con vistas a una prueba deportiva. Ellos lo hacen para conseguir una corona que se marchita; nosotros, en cambio, aspiramos a un trofeo imperecedero, 1 Corintios 9:24, 25.

EN ENERO DE 2006, cuando hice mis propósitos de Año Nuevo, decidí participar en el tradicional Maratón de San Silvestre que se realiza en San Pablo, Brasil, cada 31 de diciembre desde hace más de 50 años.

Comencé mi entrenamiento al participar en competencias más cortas de seis a diez kilómetros. Mi primera carrera larga fue dura. Me preguntaba qué hacía yo ahí. Me sentía agotada, el sudor me recorría el cuerpo, quería sentarme en la banqueta y llamara alguien para que me recogiera. Mi mente me decía que fracasaría. Pero cuando escuché a la multitud animarme cerca de la meta, todo cambió. Mis pasos se volvieron más firmes y una gran sonrisa sustituyó mi expresión de fatiga.

Durante mis solitarios recorridos matutinos (pues nadie quería acompañarme a las 6 de la mañana), comencé a considerar otra carrera en la que todos participamos. Quizá algunos ya nos hemos cansado. Nos duelen los pies y hemos derramado algunas lágrimas por los seres queridos que extrañamos. Tal vez no podemos escuchar cómo los ángeles nos animan, o a nuestro cariñoso Entrenador recordarnos que corre a nuestro lado, que nos guiará a la victoria.

Ignoro si tú ya te cansaste de correr, pero quiero decirte algo. ¡No te rindas! Cristo, nuestro entrenador, ya ganó esta carrera y ahora tiene los brazos bien abiertos, listos para levantarnos de ser necesario y ofrecernos sus manos. Te ama y jamás te decepcionará.

Aunque he entrenado bastante, nunca he ganado una carrera o quedado entre los primeros lugares. Pero no por eso me desanimo. Sé que me espera mi recompensa y no solamente la mía, también la de todos los que quieren correr con Cristo. Podemos levantarnos, secar nuestras lágrimas y vera Jesús esperándonos con una sonrisa maravillosa y nuestras coronas en sus manos. Entonces nos dirá: «Me alegra que no te rindieras. Te esperaba».

Lizandra Neves de Azevedo


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