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La inundación de 1993

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¡Qué bueno, qué agradable es que los hermanos vivan juntos! Salmos 133: 1.

EL AÑO 1993, cuando se desbordaron los ríos Misuri y Misisipi en Estados Unidos, se recordará durante mucho tiempo como el «año de la inundación». Pero prefiero recordarlo como el «año de la unidad». La compañía para la que trabajaba sufrió durante la violenta inundación. Cuando tuvimos que abandonar el edificio que alquilábamos debido al agua, los empleados hicimos un esfuerzo para lograr que la compañía subsistiera; sucedió un milagro en respuesta a las oraciones. El presidente de la compañía con frecuencia recordaba dicho milagro durante nuestras reuniones.

Llovió durante días y el estacionamiento se llenó centímetro a centímetro. Se metió agua por la entrada y cubrió la escalinata que conducía a las oficinas. Ya no podíamos estacionarnos, así que dejábamos los autos en un centro comercial y de ahí nos transportaban al dique de Line Creek detrás del edificio. Teníamos que caminar dentro del dique antes de que nos llevaran en una vagoneta para que atravesáramos el agua y llegáramos a la rampa de la entrada del almacén. Trabajamos en solemne unidad para cumplir nuestro trabajo.

Eventualmente colapsó el dique. Cuando el agua empezó a alcanzar las vigas, los hombres construyeron barcazas para rescatar el equipo pesado y proteger la integridad de la construcción. El letrero con el lema de seguridad que yo había ideado se perdió. Únicamente logré salvar mi engrapadora.

Nos mudamos a la sala de conferencias de un hotel. En vez de nuestras computadoras, usamos máquinas de escribir alquiladas para poder procesar las órdenes. Por fin conseguimos un edificio desocupado, aunque se encontraba a 45 minutos de camino. De nuevo surgió unidad cuando muchos ofrecieron compartir sus automóviles. Nos sentamos en sillas de plástico frente a mesas para banquetes y trabajamos en espacios reducidos, pero nadie se quejó.

Al año siguiente nos mudamos a un hermoso edificio nuevo donde todavía reinaron la unidad y la gratitud. Cuando estuve por jubilarme, tuve la oportunidad de agradecer al presidente por sus oraciones y el hecho de que nunca olvidó dar a Dios la gloria por haber salvado su compañía, en la que trabajaban personas de diferentes denominaciones.

Oro para que mi iglesia demuestre una unidad comparable entre los cristianos profesos.

Retha McCarty


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