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Piernas de hueso

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Ustedes se fijan en las apariencias, pero yo miro al corazón, 1 Samuel 16: 7.

FUI PEQUEÑA CUANDO NACÍ. He sido pequeña el resto de mi vida. Aun después de tener dos hijos, casi todo el peso que me costó tanto trabajo ganar desapareció con facilidad. Me veo joven para mi edad y la gente con frecuencia piensa que soy menor. Mientras escribía estas palabras, intentaba convencerme de que no era tan malo el asunto. Sin embargo, la verdad es que nací pequeña en un inconveniente rincón del mundo: la islita de Haití. Ser de tamaño pequeño en la cultura haitiana es símbolo de pobreza, hambre y carencias. Sin generalizar demasiado, algunos de mis amigos de otras islas me han dicho que también en sus países se alaba la gordura.

De niña me llamaban «Piernas de hueso» y ahora en mi adultez, con frecuencia mi peso es tema de discusión. «Tú nunca subes de peso.» «Pensé que ya estarías menos huesuda.» «¿Qué talla eres ahora?» Esos son algunos de los comentarios que más escucho entre mis amistades y familiares. Aunque nada de eso se compara a lo que hizo mi mamá para remediar mi tamaño. De niña, ella misma me alimentaba para que mis huesos tuvieran carne. Me compraba ropa de tallas mucho mayores a la mía. Me encantaba usarla porque me hacía sentir grande.

Cuando me convertí en adulta, mi mamá todavía compraba ropa talla 30 para un cuerpo talla 24. Me la daba como regalo, pero tales «obsequios» me resultaban incómodos. ¿Por qué me sentía tan mal? Quería ser más grande. ¿O no?

Tras examinar mi vida me doy cuenta de que no elegí ser pequeña pero tampoco deseaba cambiarme. Lo que soy es mucho más que un cuerpecito insignificante. ¡Soy una hija del Rey! Él me ha aceptado así como soy. De hecho, estoy segura de que mi tamaño lo deleita porque es prueba de su creatividad al hacer a cada persona, tan única como los copos de nieve. Me ha redimido, liberado del pecado y llamado suya. Como si la salvación no fuera suficiente, Dios me ha dado una familia maravillosa, salud, amistades y una mente racional. Esas son razones para gritar de alegría, no mi peso

«Señor, ayúdame a amar a otros simplemente como son. También ayúdame a valorar las cosas eternas y aceptar las temporales.»

Rose Joseph Thomas


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