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Ya no puedo esperar

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Como la gacela suspira por torrentes de agua así, Dios mío, suspiro yo por ti, Salmos 42: 1.

DURANTE SEMANAS, la primavera asomó en el noreste con breves descansos de los días fríos y crueles de un invierno inusualmente largo. Poco a poco, a medida que la luz del sol duraba más, la crudeza del invierno se retiró por fin. Tras semanas de furiosas tormentas la tierra quedó seca y comenzaron a florecer los árboles. Una cálida tarde después del trabajo saqué mis herramientas de jardinería. Ese día había sido muy estresante y ansiaba estirar mis músculos en el exterior. Una gruesa capa de hojas había protegido los arbustos de flores de la entrada del frío y el congelamiento. Se veían varias hierbas entre la densa capa de vegetación de abedul y maple, pero ya era hora de preparar el terreno para las semillas. Imaginé el costado de la casa con su hilera de flores.

El sol del crepúsculo hacía que se dibujaran largas sombras por el césped, donde jugaban las ardillas del vecindario. Petirrojos, cardenales y un azulejo me cantaban serenata mientras juntaba un enorme montón de rojas con el rastrillo. Pronto entré en ritmo y casi olvidé el resto del sereno ambiente. De repente, algo llamó mi atención en un extremo de la entrada. Una nerviosa petirrojo se adelantaba veloz y luego se retiraba, pero cada vez más cerca. Seguí trabajando pero con curiosidad, veía el extraño baile. ¿Por qué esta criatura normalmente tímida quería avanzar? ¿Por qué un petirrojo más grande se le unió poco después?

Las aves vieron y entendieron lo que yo había pasado por alto. Con cada grupo de hojas retiradas, tierra negra quedaba expuesta, junto con el pequeño espacio donde radicaba una capa de insectos. Esos pajaritos estaban tan ansiosos que ignoraron su miedo innato a los humanos. Bajaron a los arbustos para alimentarse a unos metros de distancia. Tenían hambre. Sentían ansias. No soñaban con una cama de flores pero sí con una fuente de comida.

Cuando entré a la casa, más aves se unieron a los dos valientes aventureros. En cuestión de minutos, los insectos descubrieron nuevos escondites y la oscuridad hizo que las aves volvieran a sus nidos. A la luz de la luna, levanté mis ojos hacia el cielo y oré, para que sintiera hambre de estar con mi Señor así como esos pequeños petirrojos, por hambre anhelaban mi cama de flores.

¿Cuáles gemas buscarías en la cama de flores de tu Padre?

Shirley Kimbrough Grear


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