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Lección aprendida

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Enjugará las lágrimas de sus ojos, y ya no habrá muerte, ni luto, ni llanto, ni dolor, porque todo lo viejo ha desaparecido, Apocalipsis 21:4.

ERA LA HORA DE LA COMIDA después de un lindo servicio sabatino en la iglesia. Mi hija Jennifer y mi yerno Harry nos invitaron a su casa a una comida compartida. (Una comida compartida implica planearla desde antes y que cada invitado lleve un platillo.) Nuestro nuevo pastor asociado, su esposa y su bebé eran los invitados de honor, así que habría buena comunión.

Sentí pena por mi yerno porque apenas había comenzado a trabajar en una escuela y uno de los alumnos le había contagiado un resfriado. A Harry le gusta tener invitados y ahora, apenas podía hablar. Al recordar un té de hierbas que mi madre solía preparar cuando yo era niña, le pregunté si quería que le hiciera un poco. Estuvo de acuerdo.

Después de comer saqué los ingredientes, que incluían una hierba amarga; procedía entretener a todos al describirles lo que prepararía. Esperaba que mi hija recordara la receta.

Cuando estuvo lista la medicina, pude ver que nuestro pastor asociado tenía mucha curiosidad y parecía deseoso de probarla, aunque no estaba enfermo. Con un mondadientes, saqué una pequeña pieza de cáscara de limón, que era parte de la mezcla y se la di. Al instante la metió en su boca. Un segundo después sintió el sabor amargo y rápidamente tragó la cáscara, tratando de conservar la compostura. En cuanto recuperó el aliento, hizo una firme declaración:

-¡Me curé de todas mis enfermedades!

Reímos, pero más tarde pensé en su reacción y comentario. En el mundo hay muchos motivos de felicidad, como las comidas con amigos y seres queridos y diversas celebraciones. Pero también están los momentos amargos de decepción y pesar. Si tan solo miráramos esos momentos y declaráramos: «Me curé de todos mis pecados», ¡Cristo volvería!

Míldred C. Williams


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