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588 escalones

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Fue herido por nuestras faltas, triturado por nuestros pecados; aguantó el castigo que nos salva, con sus heridas fuimos curados, Isaías 53: 5.

DURANTE UN CRUCERO POR LAS ISLAS GRIEGAS llegamos al pie de un alto precipicio. En la cima estaba la villa de Fira, con tiendas y cientos de casas de ladrillo blanco. Mis opciones para subir eran el teleférico, las mulas, ¡o subir 588 escalones! A pesar de mi temor a los teleféricos, parecía ser la mejor opción. Susurré una oración, subí al teleférico y comencé el ascenso. Oré durante el recorrido con la mente fija en mi meta. Como tenía más miedo del descenso, ignoré mi regreso y deambulé por las tiendas. Algunos miembros de nuestro grupo sí subieron los 588 escalones porque tampoco les gustaban los teleféricos. Planeaban bajar más tarde y decidí acompañarlos.

Mi primer reto fue la superficie empedrada de los escalones, que resultaba severa para los pies. Luego estaba el reto de las mulas y sus inexpertos jinetes, que pasarían por donde nosotros íbamos. Ahora bien, el reto más grande para mí fue el del excremento de las mulas, que hacía resbaladizas las piedras y gracias al viento, me cubrió por completo. Usé mis rodillas como frenos y como a un tercio del descenso comenzaron a fallar. Afortunadamente, el único peso adicional que llevaba era mi monedero a la cintura. Llevé mi propio ritmo y al final, con orgullo, bajé hasta el primer escalón. Estaba exhausta, llena de sudor y estiércol. Me dolían mucho los pies y las rodillas, tenía tanta sed que bebí una botella entera de agua de un solo trago. Una vez de vuelta en el barco, de inmediato me lavé con agua y jabón.

Al pensar en ese acontecimiento recuerdo cuando mi Salvador subió por una pendiente hace miles de años. Iba al Gólgota. No vivía una aventura, cumplía una misión. Cargaba con el peso adicional de una cruz y los pecados del mundo. Resbaló y cayó varias veces; recibió latigazos cuando no pudo moverse con suficiente rapidez. Cuando necesitó agua le dieron una esponja sumergida en vinagre. Estaba cubierto de sudor, saliva, mugre y sangre que no pudo lavarse. Después de dar su último paso, derramó su sangre y lavó todos mis pecados para que yo pueda tener la vida eterna.

Mis 588 escalones ahora son insignificantes.

Cecelia Grant


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