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Orar sin cesar

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Que en cualquier circunstancia los varones eleven una oración pura, libre de odios y altercados, 2 Timoteo 2: 8.

TENGO UNA LISTA MUY LARGA DE PARIENTES MATERNOS y paternos. Todos éramos muy unidos cuando yo era más chica. Íbamos juntos a la granja y al manantial para sacar agua, mientras nos cuidaban mis primos mayores.

Yo no crecí en mi pueblo natal. Mi padre fue pastor y siempre nos transferían de una estación a otra, pero pasábamos las fiestas de fin de año en casa. Siempre anticipaba esas entretenidas visitas porque mis primos me trataban mejor que mis hermanos.

Cuando me hice mayor recibía muy pocas visitas y paulatinamente, pasaron los años sin que yo viera a mis numerosos primos de ambos lados de la familia. Cuando crecí espiritualmente decidí orar por esos primos aunque no los viera con frecuencia. Cada día oro por algún pariente.

Hace pocos años mis pensamientos se dirigieron a esos parientes mientras apuntaba cada nombre. Pensé que había pasado tanto tiempo sin verlos. Me invadieron las dudas. ¿Por qué perdía tiempo al orar por esa gente? ¿Y si uno de ellos había fallecido sin que me enterara? Me preocupé y no supe siquiera si debía continuar orando por los que no había visto desde hacía mucho tiempo, una prima en particular. No llegué a una conclusión.

La última vez que pensé algo así yo estaba de viaje y para pasar el tiempo, oré por mi toda mi familia. Iba a una boda en un pueblo cercano al mío. ¡Qué Sorpresa me aguardaba! Un grupo de mujeres bailaba al son del tambor aborigen para celebrar. Me acerqué más al grupo. ¿A quién vi? A la misma prima por la que me había preguntado antes. Estaba muy viva. Nos abrazamos. Ella no podía creerlo, cuando le dije que había orado por ella durante mis viajes.

Es bueno que oremos unos por otros. ¿Quién sabe si alguien ora por mí? Creo que Dios a propósito me permitió ver a mi prima para que ya no dudara de los métodos del Espíritu Santo.

Becky Dada


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