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Bajo sus alas

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Con sus plumas te resguardará, bajo sus alas te dará cobijo, escudo y armadura será su lealtad, Salmos 91: 4.

ERA UN HERMOSO FIN DE SEMANA en el campamento de la iglesia junto a un pacífico lago. Cuando terminó, cuatro personas volvimos a casa en una Jeep de Cherokee. Conducía el hijo de una mujer miembro de iglesia, ya entrada en años, que se sentó conmigo en el asiento trasero. Recorrimos varios kilómetros en una carretera rural repleta de colinas y curvas antes de salir a la autopista. Una leve niebla llenó al aire y se asentó sobre el camino. Una vez en la autopista, nuestro chofer aceleró con toda la intensidad de Jehú, personaje bíblico famoso por haber sido el mejor y más veloz conductor de carruajes.

Cuando la carretera hizo una curva muy abierta, nuestro vehículo se ladeó. Pensé que nuestro chofer evitaba alguna piedra en el pavimento pero la Jeep no redujo la velocidad. Nos salimos de la autopista, volamos por sobre una cuneta, atravesamos el alambre de púas de una cerca y terminamos en la copa de un pequeño cedro. No hubo tiempo para arrodillarnos y orar. Apenas alcancé a mascullar «¡Jesús, ayúdanos!» durante los segundos que parecieron conducirnos a la destrucción. La Jeep se balanceaba sobre el borde de la cuneta perpendicular a la autopista. Todos nos quedamos en incrédulo silencio. Por fin el chofer preguntó:

-¿Alguien se lastimó?

«No, todos estamos bien», fue nuestra débil respuesta. No hablamos de la angustia interior que habíamos sentido. Mi cabeza se había mecido con violencia y sentía un rasguño sobre mi ojo, producto de que mis anteojos se golpearan contra un costado del vehículo. De casualidad, el dueño del terreno andaba por ahí, vio las luces de la Jeep en su campo y llamó a emergencias.

Mientras esperábamos a la grúa, nos quedamos sentados en la oscuridad mientras llovía. Traté de consolar a la anciana madre. Recordé que durante los servicios de la iglesia nunca había usado el himnario porque sabía de memoria la letra de sus himnos favoritos. Me pregunté si en esos momentos recordaba algún himno; «Castillo fuerte es nuestro Dios», «Cuando te quiero», «Salvo en los tiernos brazos», «Bajo Sus alas».

En momentos de estrés y peligros, es bueno tener las Escrituras y canciones reconfortantes que llenen nuestras mentes y nos recuerden que, de hecho, siempre estamos bajo las alas de Dios.

Retha McCarty


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