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Diseño divino

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Nuestro cuerpo, que es uno, consta de muchos miembros, y cada uno desempeña su cometido, Romanos 12: 4.

ES PRIMAVERA. Desde mi ventana puedo ver cómo se abren las flores. Están por todos lados. Diferentes formas, tamaños, colores; resulta difícil elegir. Todas son hermosas.

Observar las plantas, las flores y la gente a nuestro alrededor, nos recuerda que Dios hizo a cada ser humano único a propósito. Nadie más tiene tu forma o la mía. Dios nos dio talentos individuales y dones espirituales para que trabajemos como un cuerpo. Pablo escribió: «Por algo distribuyó Dios cada uno de los miembros en el cuerpo según le pareció conveniente» (1 Corintios 12: 18). Así como es en el cuerpo humano, así es en el cuerpo de Cristo, el colectivo de todos los creyentes.

Pero esta particularidad es más que una dotación. Llega hasta el pozo de todas las experiencias de nuestra vida de fe. Nadie más tiene tu vida. Nadie más tiene tus dolores, penurias, alegrías o tristezas. Todo en la vida nos da forma y tiene una razón: que podamos tocar a los demás de modo único, con base en lo que somos y hemos experimentado. ¡Dios es asombroso! No quiere desperdiciar algo en nuestras vidas.

Por eso somos la joya de la corona de la creación y brillamos con más intensidad, no cuando vemos nuestro propio reflejo en los demás, sino cuando llevamos a cabo las funciones que Dios diseñó para nosotros. Como dice un viejo dicho en inglés: «Lo que eres en Dios es su regalo para ti; en lo que te conviertes, es tu regalo para Dios».

Creo que Dios ha tocado a todas las personas de diversos modos para que tengamos algo que ofrecer. Jesús puede usar cada fragmento de nuestras vidas y experiencias para tocar a alguien más. Piensa en tus dones únicos y pregúntate cómo benefician a los demás. En nuestra vida no hay accidentes. Lo que hayamos recibido y experimentado ha formado nuestro ser y así se mide nuestra calidad. Realmente no hay alguien como tú, y con razón.

Promete hoy a Dios que usarás tus talentos para tocar a alguien en nombre de Cristo.

Raquel Costa Arrais


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