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El agua y la sequía

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Todo el que bebe de esta agua volverá a tener sed, Juan 4: 13.

AUSTRALIA PADECIÓ EN 2007 la peor sequía de su historia. Se llevó a cabo un día nacional de oración para que lloviera, unos cuantos días antes de que yo fuera a visitar a mi hermano y mi cuñada que viven en el estado de Nueva Gales del Sur.

Una vez que salí del aeropuerto internacional de Sídney, el calor me abrumó. El sol dominaba un cielo completamente azul, así que fue un alivio entrar al cómodo taxi con aire acondicionado para recorrer los 600 kilómetros al oeste, donde vivían mi hermano y su familia.

Cuando los suburbios de la ciudad dieron paso al campo, las condiciones de la sequía se hicieron obvias. Kilómetro tras kilómetro miraba pastizales que no eran más que tierra color marrón. No hubo mucho ganado, considerando la distancia que recorrí. Las flacas ovejas que vi luchaban por encontrar comida. Las reses estaban tan delgadas que se les notaban las costillas. Se veían granjas en los campos marrones; sus tinacos colocados a los costados de las casas, lucían inútiles en la terrible sequía. Mi corazón sintió pena por los granjeros y sus animales. Oré: «Dios mío, por favor envía lluvia. Hace muchísima falta».

Unos cuantos días después, cuando mi hermano y yo íbamos en auto a la ciudad de WaggaWagga, nos topamos con una granja que se veía muy verde. Vimos tubos de irrigación que humedecían el suelo. El agua era bombeada desde un río muy supervisado, muy bajo, que fluía detrás de la granja. Luego me dijeron que aunque muchos granjeros tienen derecho al agua, ese granjero era el único que podía pagar el costo de su abastecimiento.

Acá en Nueva Zelanda, no muy lejos de donde vivo, hay muchas granjas en un hermoso valle, cada una con cientos de vacas lecheras. Una granja tiene un fantástico sistema de irrigación. Aunque ahí nunca hay sequía, hay una obvia diferencia entre esa granja constantemente irrigada y las demás. ¡El agua es un recurso mundial valiosísimo que no debemos dar por sentado!

Cristo nos ofrece agua. Dice: «Que venga también el sediento y, si lo desea, se le dará gratis agua de vida» (Apocalipsis 22: 17). No cuesta un solo centavo, porque nuestro Salvador ya cubrió el costo. Bebamos el agua de vida.

Leonie Donald


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