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La maravillosa sanación divina

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Recuerdo, Señor, tus decretos de antaño, y en ellos encuentro consuelo, Salmos 119: 50. La oración hecha con fe sanará al enfermo; el Señor lo restablecerá y le serán perdonados los pecados que haya cometido, Santiago 5: 15.

MI VIDA YA ERA INSOPORTABLE. Me deprimía al contemplar mi situación y me preocupaba qué les sucedería a mis hijos si moría. Traté de no pensar mucho en esto último, pero tenía que decirles. Así que nos reunimos para la devoción de la tarde y alabamos a Dios por sus cuidados. Luego confesé cuál era mi condición física y lo que era posible que sucediera si empeoraba. Alabo a Dios porque mis hijos lo tomaron con calma y me animaron al recordarme que Dios nunca falla. Agradezco la fe de mis hijos.

Esa fue la peor noche de mi vida. El dolor fue indescriptible. Me vapuleaba tanto como si una avalancha de rocas hubiera caído sobre mí. No podía moverme. Desesperada, pedí ayuda a Dios a gritos. Me esforcé para levantarme y arrastrarme hasta la sala, donde me quedé el resto de la noche, orando a Dios para que me sanara. Más que por salud física, oré para que me perdonara y mi vida estuviera libre del pecado, de modo que pudiera prepararme para su reino. Oré como nunca antes y puse toda mi confianza en sus manos.

A la mañana siguiente, el alba pareció traer una promesa de vida a mi ser. Tomé la Palabra de Dios, y los textos para ese día, eran los de hoy.

Milagrosamente, mi dolor había desaparecido. Sentí un poco de hambre y al instante supe que mi nueva vida comenzaba. Mi Padre me había sanado durante la noche. Fui a la cocina por primera vez en semanas para preparar jugo de papa y una ensalada. Mi vida había dado un giro positivo y alabé al Señor, porque sana y perdona. Otros guerreros de oración por todo el Pacífico Sur también habían estado orando. Dios entró en acción. Lo alabo por su maravillosa sanación.

Que esta sea nuestra oración: «Padre nuestro, a veces el dolor y la enfermedad nos abruman. Depositamos toda nuestra confianza en ti, oh Dios. Jesús, por favor llévate el dolor, porque tú lo experimentaste en el Calvario. Sé que puedes soportarlo por mí como por tantas otras personas, una y otra vez. Te alabamos hoy, porque tu amor dura para siempre. Amén».

Fulori Bola


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