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¡Esto se ve mal!

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La persona mundana es incapaz de captar lo que procede del Espíritu de Dios; lo considera un absurdo y no alcanza a comprenderlo, porque solo a la luz del Espíritu pueden ser valoradas estas cosas, 1 Corintios 2: 14.

ERA SABADO. Mi esposo Will y yo comíamos tranquilos cuando de repente mi hija adulta, Jhovonnah, bajó corriendo las escaleras hasta llegar a la entrada. Sin aliento y obviamente perturbada, nos llamó:

-Algo le pasa a una de las niñas. No sé a cuál. Vernon [mi angustiado esposo] nada más me dijo: «Ven acá. Esto se ve mal».

Jhovonnah ya se alejaba en su automóvil cuando nosotros apenas comenzábamos a reaccionar. ¿Habían secuestrado a una de las niñas? ¿Alguna de ellas había sufrido un grave accidente en casa de su padre, o algo peor? Seguí recordando las palabras: «Esto se ve mal». No tenía un número telefónico al cual llamar o una dirección adonde ir «Señor, por favor quédate con Kali y Ariyah. Cuida a Jhovonnah en el camino.». Me frotaba las manos y caminaba de un lado a otro de la sala. Diez minutos después sonó el teléfono.

Era mi hija: «Ariyah se cayó de la repisa de la ventana y se golpeó. Tiene sumida la dentadura. Ya viene la ambulancia». Ariyah, mi nieta de tres años, era la menor de las tres hermanas. De inmediato nos fuimos al hospital, donde encontramos, en la sala de emergencias, a Ariyah quejándose y llorando, con bolsas de hielo y toallas en el rostro. Odiamos verla así pero sentimos alivio de que no estuviera peor. Horas después, un cirujano oral nos dijo que se había fracturado el paladar. Tuvo que jalar la encía y extraer un diente del frente. Le dolía mucho a Ariyah, tenía hinchazón y sangrado, no pudo comer durante varios días. Luego le sacaron otro diente. A pesar de las repetidas advertencias, pronto volvió asaltar sobre la cama, disfrutando la sensación de rebotar y volar, que justamente había sido la causa de su accidente.

Los adultos somos como Ariyah, ¿Verdad? Hacemos cosas que podrían causar daño o molestias, preocupar a parientes y amigos, aun poner en peligro nuestras propias vidas; mientras, nos divertimos y disfrutamos la emoción. Pero antes de que las heridas de nuestras aventuras sanen o el recuerdo del trauma quede olvidado, volvemos a las andadas. Al enemigo le encanta que lentamente perdamos nuestras almas, pero el Señor nos insta a renunciar a las tonterías de este mundo.

«Oh Señor, ayúdanos a no elegir las cosas mundanas que nos lastimen emocional, física o espiritualmente. Guíanos, gran Dios.»

Iris L. Kitching


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