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El último desayuno

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Jesús les dijo: «Acérquense y coman», Juan 21: 12.

EN ESE MOMENTO YO no sabía que sería la última vez que desayunáramos juntos. Mi mamá y mi papá, mi hermana, su compañera de casa Cheryl y su hermano (Mark, mi mejor amigo) y yo, fuimos a Yosemite unos cuantos días antes de Navidad. Fue un largo viaje en automóvil desde nuestro hogar al sur de California y yo había ido a regañadientes. Para mí, las vacaciones debían pasarse frente al televisor con una bolsa de Cheetos, no en las montañas sintiendo mareo en el auto.

Lo único que recuerdo bien de ese viaje es el último día y mis inútiles intentos de hacer un hombre de nieve. Todavía estaba en eso cuando llegó la hora de partir, ¡así que Mark resolvió el problema al arrancar con toda tranquilidad la cabeza de un hombre de nieve abandonado para ponerla sobre el mío! No tuvimos que detenernos a desayunar hasta las 10. Desayunamos sándwiches tostados de queso y refresco; no sé si fue por la frescura del clima o la agradable compañía, pero aún lo considero uno de los grandes desayunos de mi vida.

Tres meses después, Mark murió. Mis últimas fotos de él las tomé en Yosemite. Han pasado muchos años. Mi padre y mi hermana han fallecido también. Cheryl se casó y se mudó al este. Solamente mi madre y yo seguimos en California.

Recordar ese último desayuno me hace pensar en Jesús y la última cena. ¿Los discípulos se habrán dado cuenta de que era una ocasión especial, la última que estarían todos juntos en grupo? ¿Su comportamiento habría sido distinto si lo hubieran sabido? ¿Habrían atesorado esos momentos y saboreado cada instante? ¿Hubieran sido amables con Judas?

La mayoría de la gente sabe de la última cena pero olvida que Cristo y sus discípulos también tuvieron un último desayuno. Después de la resurrección y antes de su ascensión, Jesús cocinó pescado en la playa para desayunar con sus amigos. ¡Imagina un platillo que las manos del Maestro cocinaron!

Tanto la última cena como el último desayuno, nos dan la esperanza de que cuando comemos en memoria de nuestro Salvador, realmente comemos con un ser amado. Mi propio último desayuno con Mark y mi familia medio un feliz recuerdo que ha durado más que mi duelo por su muerte.

Gina Lee


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