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El don de la vida

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Dios nos ha dado la mayor prueba de su amor haciendo morir a Cristo por nosotros cuando aún éramos pecadores, Romanos 5: 8.

PASABAN LAS 11:30 DE LA NOCHE cuando recibí la llamada que esperábamos. Iban a transportar a mi amiga Ilyn al hospital general de Toronto, donde le harían un trasplante pulmonar doble. Mi amiga Tibia respirado con una máscara de oxígeno desde hacía ya mucho tiempo. Tuvo que renunciar a su empleo como enfermera perioperatoria en Carolina del Norte y volver a su pueblo natal para atenderse. Ahora parecía que nuestras oraciones (las de su familia, amigos y hermanos de iglesia) recibirían respuesta. Los pulmones eran perfectamente compatibles con ella. Como decimos con frecuencia, Dios es bueno.

Prepararon a llyn a las 7:00 de la mañana del miércoles y a las 10:00, comenzó la cirugía que duraría de seis a ocho horas. Todo salió bien; terminó en cuatro horas. Dios nuevamente fue bueno.

Hubo tantos voluntarios en el quirófano con Ilyn esa mañana que se juntó una verdadera multitud de testigos de su vida y fe, como Pablo dice en Hebreos 12. Muchos compañeros suyos de trabajo la recordaban por su servicio con ellos durante más de cinco años, querían estar con ella. También estuvo una enfermera que se había jubilado un mes antes; no quiso esperar y se alistó para asistir en la cirugía. Hasta el cirujano en jefe se sorprendió.

lvis, la hermana de Ilyn, me dijo luego que la cantidad de doctores que visitaron la sala de espera hizo que las otras personas que esperaban a sus seres queridos, se preguntaran si llyn era alguna mujer famosa. ¡Para nosotros, claro que sí!

La experiencia me hizo pensar en una agridulce realidad: alguien que jamás conoceremos perdió su vida y gracias a esa persona, mi amiga vive. Sin embargo, todo eso palidece ante el hecho de que Jesucristo, nuestro Señor y Salvador, muriera para que vivamos hoy, además, para que tengamos un cuerpo nuevo en su hogar celestial. Él es completamente compatible para borrar el pecado de nuestras vidas y completarnos.

Hermana, no sabemos quién observa nuestra vida diaria. Tenemos que ir para que otra gente conozca a nuestro donador, Jesús.

Loviere Pointer


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