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Oh, cuán dulce es fiar en Cristo

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Levanto mis ojos a los montes, ¿de dónde me vendrá el auxilio? Mi auxilio viene del Señor, Salmos 121: 1, 2.

ERA EL DÍA DE LAS MADRES de 2003. Mis dos hijas y yo estábamos a kilómetros de distancia de nuestro hogar. Ellas iban a participar en una competencia de atletismo. Su padre se quedó en casa, pues se sentía mal. Sonó mi celular.

-Tía Ruby, mi tío Ashton quiere ir al hospital. ¡Se siente peor! -dijo la voz que salía del auricular. De inmediato llamé al hospital Davis Memorial para averiguar quién era el doctor de turno y avisar a la jefa de enfermeras que el pastor Alleyne iba para allá.

Mis hijas se retiraron del resto de la competencia y nos dirigimos al hospital. Para entonces, mi cónyuge ya había visto al doctor, que le había dicho que volviera a su casa; sin embargo, insistió en internarse.

De camino al trabajo al día siguiente me detuve a visitarlo y noté su boca chueca. Solicitó que pidiera a algunos de sus colegas que lo visitaran y oraran por él. Antes de que pudiera organizar la visita, sonó el teléfono de mi oficina. Era el doctor.

-Ruby, tu esposo tuvo un infarto. Fue algo grave así que decidí avisarte.

Tan rápido como pude reunía los ministros y nos pusimos en marcha.

Durante los siguientes tres meses mi esposo estuvo lleno de tubos y monitores mientras le realizaron cirugías y exámenes. Durante los primeros 25 días en el hospital, varios grupos de amigos y miembros de iglesia oraron y agonizaron con Dios a favor nuestro. Luego transfirieron a mi esposo al hospital judío de Long Island, en Nueva York, donde estuvo varios meses. Otros parientes y amigos nos dieron apoyo constante.

Todo eso sucedió apenas dos años después de que Dios con fidelidad me ayudó a recuperarme de un padecimiento. De nuevo fue puesta a prueba mi fe, pero sentí valor al pensar: «Dios intervendrá otra vez». Cuando estamos tristes y sentimos que Dios nos ha abandonado o nos permite andar en valles sombríos, debemos recordar que podemos crecer mediante esas experiencias. Soy testigo de que Dios es maravilloso, ¿Tienes algún motivo para alabarlo también?

Ruby H. Enniss-Alleyne


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