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Remedio para la autocompasión

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Tú, Señor, eres mi escudo, mi gloria, quien me enaltece. Cuando clamo al Señor, él me responde desde su monte santo. Salmos 3: 3, 4.

UNAS CUANTAS SEMANAS después de enterarme de que tengo mal de Parkinson, tuve una mañana en la que me hundí en la autocompasión. El día anterior había tenido que ir otra vez a la sala de emergencias de nuestro hospital local, con dolor abdominal y distención. Una vez allí, se me pasaron los síntomas rápidamente. El diagnóstico tentativo es que tenía una obstrucción intestinal parcial debido a las adhesiones que resultaron de mi cirugía oncológica.

En resumen, me sentía muy mal aquella mañana y me costó trabajo hablar con Dios. Sentí la impresión de que debía revisar mi correo electrónico. Encontré la carta de una expaciente. Yo había recibido a su único hijo como 25 años antes y había tratado su enfermedad crónica durante muchos años. Me había encontrado de nuevo hacía poco y me reenvió una oración. Me ayudó mucho en ese momento en particular.

Un fragmento del correo decía: «Querido Dios, te doy gracias por este día. Te agradezco porque puedo ver y oír esta mañana. Ayúdame a comenzar este día con una actitud nueva de gratitud. Has hecho mucho por mí y me has bendecido tanto. Perdóname este día por todo lo que he hecho, dicho o pensado que no te resultó agradable. Por favor amplía mi mente para que pueda aceptar todo. No dejes que me queje de las cosas que no puedo controlar. Úsame para hacer tu voluntad. Bendíceme para que sea una bendición para los demás. Dame fuerza para ayudar a los débiles; levántame para que pueda tener palabras de ánimo para los demás. Ayúdame a recordar que “no hay problema, circunstancia o situación más grande que Dios”. Dios, te amo y te necesito».

Esa oración fue justo lo que necesitaba esa mañana. Sí, todavía podía ver y oír y tenía mucho que agradecer. Quería ser una bendición para los demás y necesitaba recordar que nada es demasiado difícil para Dios. Dije esa oración aquella mañana y con frecuencia la repito desde entonces.

Sí, Dios responde nuestras oraciones y cuando no tenemos ganas de orar, él hasta puede usar un correo electrónico para ayudarnos a encontrar las palabras.

Ruth Lennox


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