Regresar

Contaminada

Matutina para Android

Play/Pause Stop
Queda limpio, Lucas 5: 13.

ERA UNA MAÑANA FRÍA Y TRISTE. Yo estaba exhausta. Recién había tomado un vuelo muy temprano desde Edmonton a Calgary con destino a Florida, para visitar a mi abuela. Quería descansar en alguna atractiva silla del aeropuerto antes de tomar mi conexión. Era obligatorio, sin embargo, pasar por aduana antes de llegar a la sala de espera.

Caminé a mi sala de abordaje designada y me acomodé para dormir. A las 11:00 a.m. Sentí un impulso irresistible de levantarme, aunque mi vuelo no iba a salir hasta dentro de otra hora. Hambrienta, busqué algo de comer pero estaba cerrada la zona de tránsito para pasajeros estadounidenses. «Qué raro. ¿Por qué estará cerrada la puerta?», me pregunté.

La agente de boletería me dijo que era una zona exclusiva para pasajeros de los Estados Unidos.

-Pero puedes pasar a aduana, linda -me indicó.

Asertivamente le informé que ya había pasado por aduana. De repente, todo adquirió una perspectiva diferente. Con una exclamación, su tono cambió. Me preguntó cómo es que había llegado a esa terminal en primer lugar. Con timidez le dije que entré porque la puerta había estado abierta. Preocupada, llamó a otro supervisor. Su respuesta fue brusca.

-Usted está contaminada. Evitó la seguridad. Tiene que volver a la aduana.

Recorrí como loca el aeropuerto. Mi corazón latía con mucha rapidez. Lo único que escuchaba era la fea palabra «contaminada», que resonaba en mi cabeza. Que me hubieran rechazado, negado y dejado sin lugar, me hizo recordar la historia del leproso en el Evangelio de Lucas. Sucio, contaminado y rechazado social, ese hombre estaba sentenciado a una vida de humillación, dolor físico y emocional, hasta que Jesús lo liberó con palabras que significaban lo mismo que «Vete y ya no vuelvas a pecar. Quedas sano».

Afortunadamente, como la historia del leproso, la mía también tuvo un final feliz. Después de algunas llamadas y otros 20 minutos en aduana, pude continuar mi viaje. Sonriente, abordé el avión. Sabía que ya no estaba contaminada. Era una pasajera con todo el derecho.

Dios nos ha dicho que mediante su gracia, nos ha quitado todos nuestros pecados. También tenemos derecho completo a su reino. Enfermas. Llenas de pecado, tan endurecidas como estamos, Dios nos da la bienvenida a todas a ese destino eterno. Solamente hay una condición: que aceptemos su poder limpiador.

Christine A. Greene


Envía tus saludos a:
No Disponible