Regresar

El tapicero

Matutina para Android

Play/Pause Stop
El Señor me reconforta, Salmos 23:3.

EL ARTE DE LA TAPICERÍA me agrada especialmente. Durante muchos años mi padre tuvo su taller de tapicería en casa. Muchas veces fui su asistente. Recuerdo verlo llegar con sillones viejos y maltratados, aquellos que parecían imposibles de arreglar. A algunos les faltaban patas o brazos, o tenían resortes rotos o un chasis dañado. Con cariño, papá comenzaba a trabajar. Primero retiraba las viejas cubiertas, el acolchonado y los resortes oxidados. Todo eso se desechaba, luego empezaba la restauración. Después de varios días de trabajo exhaustivo, papá miraba su obra y sonreía, porque un hermoso sofá restaurado estaba listo para salir del taller y embellecer un hogar. Completamente restaurado.

Tal es la labor de un restaurador, tomar lo viejo, lo dañado, lo que nadie quiere, lo feo y desagradable, para crear de sus ruinas un objeto hermoso. Es útil cualquier potencial para cambiar que leamos en las palabras: Dios restaura mi alma.

Vamos (o más bien, el Espíritu Santo nos lleva) con el Tapicero celestial, desgastadas por el pecado, dañadas por años de ausencia de oración, vapuleadas por el estrés de la vida, rasgadas por relaciones arruinadas y sueños perdidos. Nosotras, que alguna vez estuvimos en situación edénica, llegamos avergonzadas con nuestro Papá, el Restaurador celestial. Él nos ve como solamente puede vernos un tapicero. Ve más allá de los bordes abollados, detrás de las vidas desperdiciadas debido a la drogadicción, por sobre la devastación del pecado. Ve cómo nos puede restaurar.

Primero nos pone al descubierto. Nos hemos acostumbrado a nuestros vicios y la contaminación del pecado. Él tiene que retirar todo eso y lavarnos con sangre purificadora. Luego, en nuestra desnuda condición, tenemos que encararlo, a él que nos hizo perfectas y ahora desea restaurar lo que el pecado ha destruido.

Finalmente, comienza la verdadera labor. Trabaja con lentitud. Pacientemente obra mientras oramos y estudiamos la Biblia, todos los días. Obtenemos resortes nuevos, acolchonado nuevo y una cubierta impecable: un encantador manto de justicia. Dios restaura nuestras almas para que recuperen su gloria edénica perdida.

¡Admira cómo nuestras nuevas vidas testifican con humildad el poder restaurador divino!

Annette Walwyn Michael


Envía tus saludos a:
No Disponible