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Época universitaria

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Cuando el niño creció, se lo llevó a la hija del faraón, que lo adoptó como hijo suyo, Éxodo 2: 10. Ana se quedó en casa, criando a su hijo hasta que lo destetó. Entonces lo llevó al santuario del Señor en Siló, 1 Samuel 1: 23, 24.

MI HIJA DE DIECIOCHO AÑOS acababa de graduarse de la preparatoria. Se anticipaba la universidad. Ya había pensado en cómo sería que estuviera ausente durante meses y en cada ocasión, se me salían las lágrimas. Que mi hija que pronto cumpliría diecinueve se fuera de la casa, me resultaba impensable. Pero Jessica parecía estar emocionada. Habíamos decidido inscribirla en una universidad que queda a 1135 kilómetros de distancia de nuestro hogar. Pronto llegó el momento de llevarla. En vez de pasar las vacaciones en familia ese año, la llevamos a la escuela. Al pensarlo, lloraba en silencio para que ella no se diera cuenta. Tuvimos un buen viaje los cinco miembros de la familia; se veía que a Jessica la entusiasmaba la idea de ser independiente, estar sola y vivir en el dormitorio. Entonces llegó el domingo, el día que nos marcharíamos. Cuatro volveríamos a casa, todavía éramos la manada que mi esposo había dicho siempre. Jessica por fin se dio cuenta de que se quedaría completamente sola y lloró al despedirnos.

-¿Cómo podemos dejarla? -pregunté llorando a mi esposo.

-Está en manos de Dios -respondió, con lágrimas en los ojos.

Entonces pensé en las madres de la Biblia que renunciaron a sus hijos. Pensé en Jocabed, que apenas pudo pasar un tiempo con Moisés antes de entregarlo cuando tenía doce años. Estoy segura de que lloró y oró como yo. «Doce… Al menos tuve a Jessica siete años más», pensé. Luego recordé a Ana. Era estéril y rogó a Dios que le diera un hijo. Él escuchó sus ruegos y le dio a Samuel, un niñito maravilloso; ella lo entregó a muy temprana edad a Elí, el sumo sacerdote, para que lo criara. Creo que fue una bendición haber tenido a mi hija hasta que se hizo adulta. Todavía no estaba lista para separarme de ella, pero con la bendición de Dios, se la entregué. El que calmó los mares podía calmar mi triste corazón y darme paz. Todavía la extraño todos los días pero oro para que Dios, su nuevo guardián, la guíe en todo momento.

Charlotte Robinson


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