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La caja de promesas

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Si son de Cristo, también son [...] herederos según la promesa, Gálatas 3: 29.

SIEMPRE HA ESTADO AHÍ, la caja de promesas bíblicas, en el tocador de mis padres. Mi madre cree que la compraron en un camporí de la iglesia a finales de la década de 1940. Cuando éramos niños, usábamos unas pequeñas pinzas sujetas a un hilo de seda atado al costado, para sacar una promesa y leerla al resto de la familia. La cajita redonda, forrada con tela pálida similar al satín, era la cosa más hermosa que había visto.

Crecí, me casé y salí de la casa de mis padres. A lo largo de los años, ellos se han mudado algunas veces, pero siempre, en donde han colocado su tocador, ahí ha estado también la caja de promesas. Con el paso del tiempo se perdieron las pinzas y se borró el color del forro, pero las promesas de Dios siguen iguales: «Yo, el Señor, no cambio» (Malaquías 3:6). Mi padre ya falleció y mi madre vive en una casa de descanso; conserva la preciosa caja de promesas en su tocador.

A finales de 2005, después de muchas oraciones y discusiones, mi esposo y yo pusimos a la venta nuestra casa para mudarnos al campo. Pronto aparecieron unos compradores listos para pagarnos buen dinero, pero nos preguntaron si podíamos esperar una semana más para firmar la compraventa. Naturalmente, dijimos que sí; sin embargo, cuando pasó la semana y tuvimos el contrato en la oficina de nuestro abogado, nos pidieron otra semana de plazo. Lo mismo sucedió dos veces más. Pensé que se caería la venta de nuestra casa. ¡Parecía imposible!

Los martes y los jueves eran los días en que mi madre recibía visitas. El jueves siguiente fui a Bethesda después del trabajo. Después de saludar a mamá, que tomaba su cena, fui a su habitación para tomar una chaqueta y llevársela. Mis ojos se posaron en la caja de promesas. «¿Qué dices de mi casa, Señor?», susurré al sacar una promesa. Se me desbordaron las lágrimas cuando leí: «Para Dios todo es posible» (Mateo 19:26).

Cuando llegué a mi casa unas horas más tarde, mi esposo me dijo que nuestra casa estaba oficialmente vendida. Nuestro abogado tenía el dinero y todo había salido bien. ¡Nada es imposible para Dios!

Leonie Donald


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