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Manos ruidosas

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Saldrán con alegría, guiados en paz; montes y colinas clamarán a su paso, los árboles del campo los irán aplaudiendo, Isaías 55: 12.

NO ES RARO que cuando estoy en algún evento, la gente se me quede viendo cuando aplaudo. No entendía el motivo y me llevó muchos años darme cuenta de por qué me miraban. ¿La respuesta? Te parecerá extraño, pero tengo el curioso talento de hacer mucho ruido al aplaudir. Lo más extraño es que no soy alta y tengo manos pequeñas. Mi voz tampoco es fuerte.

Ahora que soy consciente de mi talento inusual, también me doy cuenta de cómo afecta a los demás. Si estoy en una ceremonia para honrar a alguien, puedo levantarme y aplaudir, entonces el resto del público se levanta y me imita. Tengo que vigilar mis acciones. A veces algo me parece fantástico y aplaudo. Pronto averiguo que nadie comparte mi opinión y mis fuertes aplausos resultan molestos.

Recuerdo cuando enseñábamos a nuestras hijas a usar el baño. Les encantaba que mi esposo y yo les aplaudiéramos cuando hacían algún depósito en el inodoro. Una vez pasé por el baño y escuché que una de mis hijas aplaudía. Me asomé y la vi sentada en el inodoro, aplaudía y se felicitaba.

-¡Bien hecho!

Aunque la mayoría de mis experiencias aplaudiendo han sido positivas, algunas han resultado negativas. En ciertas ocasiones mi esposo se cubrió los oídos cuando empecé a aplaudir.

-¿Por qué aplaudes tan fuerte?

-Mamá, tus manos están mal, hacen que me duelan los oídos -ha dicho Rachel, mi hija menor. Tengo que preguntarme, por supuesto, cuántas personas han pensado lo mismo.

Como con cualquier talento, hay un lado bueno y uno malo. Mis manos son un ejemplo de nuestro servicio al Señor. Al servirlo espero usar mis manos para guiar, animar y motivar. No quiero que mis aplausos resulten ofensivos, molestos o perturbadores.

«Señor, gracias por todos mis talentos, hasta los curiosos. Por favor ayúdame a usarlos para tu gloria y reconocer si trabajo contra ti. Que pueda levantar mis manos al cielo en tu honor y aplaudir llena de alegría.»

Mary M.J. Wagoner Angelin


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