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Dos oraciones

Matutina para Android

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Antes de que me llamen responderé, estarán aún hablando y los escucharé, Isaías 65: 24.

NACÍ EN EL HOGAR DE UN MINISTRO CRISTIANO. A temprana edad me enseñaron a Jesús y a Dios. Aprendí a amar a Cristo y creía que él podía ayudarme. Atesoré los momentos que pasé en el estudio de mi papá. Preparaba sus sermones en voz alta para mi beneficio. Me mostraba imágenes de Jesús crucificado con una corona de espinas sobre su cabeza. Podía ver cómo escurría la sangre. Mi joven corazón se conmovía.

Un día, tenía yo seis o siete años, conseguí hilo y aguja y traté de coser. Mi madre siempre nos había dicho que no nos sentáramos sobre la cama para coser. Sin recordarlo o ignorando sus palabras, me senté sobre mi cama a coser. Cuando terminé, dejé la aguja en la cama. Después quise ponerle hilo nuevo y ya no estaba. No podía encontrarla.

El miedo se apoderó de mí. Había desobedecido. Me iban a regañar. Alguien podía sentarse sobre la cama y pincharse. Mientras aumentaba mi preocupación, recordé a Jesús. «Él puede ayudarme», pensé. Me arrodillé y oré con sinceridad: «Querido Jesús, por favor perdóname por desobedecer a mamá. Por favor ayúdame a encontrar la aguja. Amén». Una oración corta, emotiva y al grano. Abrí mis ojos y vi un minúsculo trozo de metal entre las sábanas. Cerré mis ojos otra vez y susurré: «Gracias, Jesús». Mi fe personal en Cristo quedó sellada hasta el día de hoy. En ese momento supe que Jesús existe.

Pasaron los años. Crecí y maduré, siempre creyente y en oración. Mi fe en Jesús también creció. Ya de adulta, me apareció un dolor grave y misterioso en el brazo derecho, desde el hombro hasta la mitad de mi brazo, antebrazo y mano, hasta la punta de mi dedo medio. La intensidad del dolor me impidió dormir y debilitó todo mi sistema. La constante pérdida de sueño me dejaba casi inútil para realizar mis actividades diarias.

Decidí consultar al doctor Jesús. Oré y le agradecí por el dolor; le pedí que me diera fuerza para soportarlo y aprenderla lección que deseaba enseñarme. Repetí la misma oración tres noches seguidas. Para la cuarta noche había desaparecido el dolor. Eso fue hace 17 años y jamás he vuelto a sentirlo.

«Querido Dios, ayúdanos a siempre confiar en que resolverás nuestros problemas.»

Joyce O'Garro


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