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Cuando Dios da, tu copa rebosa

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Ante mí preparas una mesa delante de mis enemigos, unges mi cabeza con aceite y mi copa rebosa, Salmos 23: 5.

UNO DE LOS MAYORES DESAFÍOS que he afrontado, fue que mi jefe mediera una descripción de puesto que incluía reclutar a 500 personas para un programa de estudios bíblicos que apenas tenía quince individuos inscritos. Acababa de recibirme de la universidad en Camerún y había vuelto a servir a mi país, Mauricio, una isla del océano Índico austral. Me sentí afortunada de tener la oportunidad de servir como pastora interina y directora del curso por correspondencia de estudios bíblicos. Fue todo un reto para una señorita de veintitrés años, sobre todo porque yo era la más joven del ministerio y la única mujer.

No me sorprendió tener que encontrar 500 estudiantes hasta que me dijeron cuántos teníamos. Mi primer impulso fue responder: «Pastor, ¿cómo puede ser posible? Nadie ha logrado algo así antes, ¿cómo voy a poder? Apenas soy una mujer joven». Pero conservé la compostura y accedía conseguir 500 personas. Supongo que el presidente consideraba esa suma realista. Llevaba muchos años en el ministerio y supongo que nada le parecía imposible.

Cuando llegué a mi casa esa noche, hice mi primera petición en oración: «Señor, el pastor quiere quinientos estudiantes pero entre tú y yo, quiero mil. Tú eres Dios y yo soy tu sierva. Muéstrame que puedes lograrlo para tu gloria. ¡Amén!».

Desde que comencé a trabajar en enero hasta junio, tuve la bendición de cooperar con maravillosos miembros de iglesia. Organizamos una semana especial en la que cada miembro tendría la tarea de reclutar a 25 personas. Por supuesto, algunos no aceptaron el reto, pero para fines de esa misma semana, teníamos a 450 personas inscritas. ¡Apenas era junio! Nos restaban seis meses para alcanzar nuestro blanco.

En octubre tuvimos otra promoción, trabajamos duro y oramos con más ahínco. Para la última semana habíamos reclutado a 1400 personas. ¡Amén!

Aun así, cuando pienso en mi petición, me siento apenada. Debí pedir más. Pedí mil y Dios medio 400 de más. Cuando él da, nuestras copas rebosan. ¡Gloria a Dios por sus bendiciones! Te reto a que pongas a prueba a nuestro Dios. Verás lo bueno y poderoso que puede ser cuando simplemente confiamos y obedecemos.

Natacha Moorooven


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