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Gracia

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Ustedes han sido salvados gratuitamente mediante la fe. Y eso no es algo que provenga de ustedes; es un don de Dios, Efesios 2: 8.

CUANDO ERA NIÑA y vivía en el pequeño pueblo de Latty, Ohio, ocasionalmente visitaba la iglesia bautista que quedaba muy cerca de nuestra casa. Era un templo pequeño pero la gente se reunía fielmente cada domingo a adorar. La mayoría de los miembros eran parientes de nacimiento o por casamiento, lo cual hacía que la comunidad de la iglesia fuera muy íntima; también incluía a mi familia política. Los servicios no eran gran cosa pero los himnos siempre me conmovían, debido a su presentación serena y reverente. Aunque mi familia era católica y estaba acostumbrada a cantar en latín, esos viejos himnos gospel se convirtieron en un elemento integral de mi alma.

En Latty viví los mejores y peores momentos. Soy de piel negra y mi maestra de cuarto grado me hizo experimentar por primera vez el odio racial. Luego encontré al maestro de quinto grado más amable del mundo, Roy Jenkins, que contradijo ese prejuicio. En Latty, las reuniones de mi familia materna estuvieron llenas de risa y diversión. Pero también en Latty, mi familia inmediata experimentó pobreza, alcoholismo grave y violencia conyugal. En retrospectiva, puedo decir que esos himnos gospel que escuchaba en la iglesia perpetuaron mi esperanza. Pero me llevó años darme cuenta de que la gracia divina me envolvía, la gracia que Dios otorga a toda persona.

Hoy recordé uno de los himnos de aquella vieja iglesia y los ojos se me llenaron de lágrimas. No fueron lágrimas de tristeza por los recuerdos de antaño; más bien, de reverencia ante un Dios amoroso. El coro en inglés dice: «Gracia, gracia, gracia divina, gracia que puede perdonar y limpiar el interior. Gracia, gracia, gracia divina, gracia más grande que todo nuestro pecado». Mi corazón se hinchó cuando pensé en lo grande que es mi Dios. Pensé en todas las épocas tumultuosas de mi vida; todas las veces en que dudé, me tropecé y tuve miedo; todas las veces que fui desobediente y fracasé. ¡Aun así, la gracia divina me envolvió como a un regalo, con la gentileza de las manos de Dios! ¡Qué amor incomprensible! ¡Qué asombroso Dios! ¡Alábalo hoy por su gracia infinita!

Evelyn Greenwade Boltwood


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