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¿Tiene visa vigente?

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Dichosos los que han decidido lavar sus vestiduras para tener acceso al árbol de la vida y poder entrar en la ciudad a través de sus puertas, Apocalipsis 22: 14.

ESTABA EN EL CONSULADO DE LOS ESTADOS UNIDOS en la ciudad de Panamá. Esperaba que me entregaran una visa. Al observar los rostros ansiosos y tensos de cientos de personas que formaban largas filas en aquella oficina, mi atención se concentraba particularmente en quienes sí recibían visas. Para recibir una visa hay que cumplir varios requisitos. Sentada en aquella oficina, pensé en las aplicaciones espirituales.

Todos los humanos viajamos por la carretera de la vida y un día, por medio de la fe, esperamos volar al cielo con nuestro Jesús. No en un avión supersónico o con tal o cual aerolínea sino que, según dice la Biblia, veremos al Señor en el aire (1 Tesalonicenses 4: 17). Tal vez te preguntes qué será de los que estén muertos. El versículo 16 dice: «El Señor mismo bajará del cielo y, a la voz de mando, cuando se oiga la voz del arcángel y resuene la trompeta divina, resucitarán en primer lugar los que murieron unidos a Cristo».

Así como la mayoría de los países tienen ciertos requerimientos antes de conceder la entrada a sus territorios, tenemos que cumplir con ciertos requisitos para que podamos entrar a la ciudad de Dios. Nuestro texto devocional indica uno de ellos; considéralo tu visa celestial. Sin embargo, existe una asombrosa diferencia entre el reino de Dios y las naciones terrestres: ningún precio monetario puede asegurar una visa para el cielo. La Biblia afirma: «No con bienes caducos como son el oro y la plata, sino con la sangre preciosa de Cristo» (1 Pedro 1: 18, 19).

Sí, amiga querida, no necesitas llenar una solicitud o presentar carta de recomendación, estado de cuenta bancario o acta notarial, solamente tener fe en el sacrificio de Jesús en la cruz del Calvario, tener una relación viva con él y obedecer los Diez Mandamientos, pues lo que él hizo nos abre las puertas del cielo.

«Querido Padre celestial, gracias por tu amor inigualable y por el sacrificio de tu amado Hijo, el cual hizo posible la entrada a tu reino. Gracias por tu promesa de llevarnos contigo un día. Amén.»

Olga Corbin de Lindo


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