Regresar

Aprender a confiar en Dios

Matutina para Android

Play/Pause Stop
«Traigan los diezmos íntegros a los almacenes del Templo para que no falten víveres en él; pónganme a prueba procediendo así -dice el Señor del universo— y verán cómo abro las ventanas del cielo para derramar sobre ustedes bendiciones a raudales», Malaquías 3: 10.

DURANTE EL VERANO DE 2001 decidí unirme al Reto Juvenil de Oregón, un ministerio de venta de libros. Tuve muchas experiencias maravillosas; la más impresionante tuvo lugar a la quinta semana de ventas, tres previas al término del programa. Además del hecho de que mis ventas comenzaron a caer drásticamente, me volví incapaz de hablar de Jesús a la gente. No importaban mis fervorosas oraciones, parecía que Dios no escuchaba mis ruegos. Día tras día, le pedí que me indicara qué andaba mal en mi vida, pero nada pareció suceder hasta la mañana del jueves de la séptima semana.

Cuando estudié la Biblia para la lección que iba a dar esa tarde, encontré el texto siguiente: «Nos ha prohibido comer o tocar el fruto del árbol [...], porque moriríamos» (Génesis 3:3). La lección era sobre el diezmo y en ese momento, me di cuenta de mi pecado: tocaba el árbol. Durante los dos meses anteriores nunca había devuelto mi diezmo. Por razones que me parecieron justas, había decidido devolver todo el diezmo del verano al terminar el programa. Pero dispuse de dinero que no era mío, le pertenecía al Señor. Después de que reconocí mi pecado, decidí que el lunes siguiente, cuando me pagaran, apartaría 100 dólares para cubrir todo mi diezmo.

Llegó el lunes y cobré mi cheque como a las 5:00 p.m. En cuanto tuve el dinero, separé mi diezmo. Volví a trabajar y menos de 30 minutos después, conocía una chica recién graduada de la preparatoria, a la que le interesaba mucho el mensaje de mis libros. Conversamos un poco y luego decidió comprarme El conflicto de los siglos, Paz en la tormenta, Angels Among US y dos ejemplares de He Taught Love. Me fui de su casa sin palabras. Había trabajado todo el verano y nunca había vendido más de tres libros en un solo lugar.

Al final de ese día había vendido diez libros. Al día siguiente, vendí otros catorce. En dos días vendí más que en cualquier otra semana entera. Dios me ha enseñado a confiar verdaderamente en él. Más que nunca, las palabras del texto bíblico de hoy se han hecho realidad en mi vida. ¿Qué te dicen a ti?

Alessandra Cholet Moreira


Envía tus saludos a:
No Disponible