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Mi cobertor

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Que sea tu amor mi consuelo, según la promesa hecha a tu siervo, Salmos 119: 76.

ANOCHE, UNA VEZ MÁS USÉ EL COBERTOR que fue de mi suegra. Se había mudado a la casa de descanso que mi esposo y yo dirigíamos, así que para personalizar su habitación compramos un cobertor para su cama, entre otras cosas. Después de su muerte nos lo llevamos a la casa.

Algunas noches me cuesta trabajo dormir. Cuando doy vueltas en la cama tanto que temo despertar a mi esposo, voy al cuarto de huéspedes. Para no desarreglar mucho la cama, a veces saco el cobertor, me acuesto sobre el cubrecama y me tapo con el cobertor. Es tan suave y acogedor; me acomodo y relajo, cierro los ojos y sin excepción, me quedo dormida rápidamente. Sin importar la estación, me da la suficiente comodidad para no tener frío o calor. ¡Espero que me dure todavía mucho tiempo!

Tengo otro cobertor que atesoro mucho más. También tú lo tienes disponible. Como el que uso para dormir, Dios, mediante el Espíritu Santo, nos da comodidad una y otra vez. No solamente sabe cuáles son todas nuestras necesidades, siempre está disponible a cada hora del día o la noche. Su Palabra promete que responderá cuando llamemos (Jeremías 33: 3). Cuando lo pidamos, se llevará nuestras cargas y preocupaciones (Mateo 11: 28).

Durante nuestras pérdidas más duras, como la muerte de un ser querido, amigo o persona especial, él nos acompaña. Cuando estamos enfermas, estresadas o perplejas ante una situación en apariencia imposible y no sabemos qué hacer, él nos da consuelo, fuerza y soluciones. No hay situación que él no entienda, pena que no pueda aliviar. Nada es demasiado difícil para el Señor (Jeremías 32: 17).

En su Palabra, Dios nos ha dado muchas promesas de que nos sostendrá en cada situación. Mediante el Espíritu Santo con frecuencia recordamos esas promesas justo cuando más las necesitamos.

El mayor consuelo que nos da es la seguridad de que tendremos vida eterna y viviremos con él para siempre. La muerte de Cristo en la cruz pone la salvación a nuestra disposición.

¡Vaya Cobertor que es! ¡Que su amor nos arrope y consuele!

Marian M. Hart


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