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El segundo libro de Dios

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Qué grato es oír por los montes los pies del que trae buenas nuevas, que proclama la paz y el bienestar, Isaías 52: 7.

NOS ENCANTA EL SENDERISMO DE MONTAÑA, y el pequeño pueblo bíblico de Berea, Grecia, donde vivimos, está idealmente situado en las faldas de la cordillera de las Vermion, a una altitud de 2033 metros. Hay varios senderos para escoger y cimas para conquistar. Luego, justo al otro lado del río Haliacimón, las montañas Pierión (2170 metros) se extienden por kilómetros en dirección opuesta; ofrecen muchas cimas desafiantes, incluida la montaña más alta de Grecia, el monte Olimpo (2917 metros).

La belleza de la naturaleza, el segundo libro de Dios, recompensa con suma generosidad a sus amantes. En invierno, la simple desnudez de los majestuosos y caducos árboles, el gentil brillo del sol que se refleja sobre la profunda nieve, con lentitud da paso a los verdes variados y vívidos de la primavera; alfombras de múltiples colores y hermosas flores silvestres, la armoniosa melodía de las aves cantoras. Gradualmente, también las suceden los días largos y brumosos del verano, que a su debido tiempo, explotan para convertirse en los estridentes colores del fructífero y nuboso otoño.

Esa belleza ejerce una influencia sanadora y pacífica sobre los paseantes. Tienen diferentes orígenes y profesiones, pero como la mayoría de la gente hoy, muchos tienen problemas en apariencia insuperables; fricciones maritales, hijos rebeldes, salud menos que ideal y, por supuesto, las decisiones cotidianas, importantes e intrascendentes, que todos necesitamos tomar. Algunos caminan a solas, envueltos en sus pensamientos; otros abren sus corazones a oídos simpatizantes en busca de comprensión, ánimo o consejo. No se desilusionan.

En ese ambiente parece completamente natural hablar con un Dios amoroso que está disponible y dispuesto a interactuar con sus preocupados hijos humanos. Los corazones se acercan más a él donde las señales de su cuidado abundan, desde la humilde flor silvestre que florece desconocida y ofrece un dulce perfume incluso cuando alguien la pisotea, hasta la celestial música de incontables pajaritos, cuyos pulmones entonan con fuerza canciones de alabanza a su Creador. Nuestra mirada finita se levanta hacia la bóveda celeste para descansar en alabanza, postrarse ante el trono del universo, desde el que reina supremo nuestro Dios, nuestro Creador, nuestro Salvador.

Revel Papaioannou


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