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Es agradable la madurez

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Me mostrarás el camino de la vida. Hay gran alegría en tu presencia; hay dicha eterna junto a ti, Salmos 16: 11.

UNA HERMOSA Y SOLEADA MAÑANA observé a una mujer de edad avanzada caminar en la calle. Se quejaba de su vejez. ¡Qué triste! «Dios, envejecer así no es agradable o vale la pena», pensé.

Los ciudadanos mayores todavía necesitan echar un vistazo al horizonte con la esperanza de que sol vuelva a salir. Si tú ya eres una adulta mayor, recuerda que eres una persona útil para la sociedad aunque tu única contribución sea tu optimismo. Las experiencias de vida se reflejan en las arrugas del rostro que resultan de una sonrisa, no de fruncir el ceño. Solamente la gente feliz puede convencer a los demás de que envejecer es agradable. Demuestran que, aunque los años se acumulan, la sabiduría adquirida es una bendición.

Para mí, aquella mujer en la calle no se veía tan vieja como para estar encorvada. Quizá nadie en su viaje de vida le había mostrado que vivir también tiene sus bondades. Debemos saber cómo revertir las malas situaciones. En vez de quejarnos nada más, hay que entender que las tristezas son parte de la vida y el corazón debe ser una morada de la felicidad.

Poco después conocía otra mujer, mucho mayor que la anterior, que en contraste transmitía una gran voluntad de vivir. Me contó de una parte dolorosa de su vida. Vivió con un nieto paralítico, ¡quien fue su gran motivo para ir contracorriente! También me habló de su gran amor y confianza en Jesucristo. ¡Me llenó de entusiasmo y comencé a pensar que madurar así es agradable!

Querida amiga, cuando veas el atardecer y aún sientas gran esperanza, recuerda que maduras físicamente, mas no en espíritu.

Cristo dijo: «Dejen que los niños vengan a mí y no se lo impidan, porque el reino de Dios es para los que son como ellos» (Lucas 18:16). Seamos como niñas: puras, felices, entusiastas y llenas de esperanza.

«Querido Jesús, quiero ser siempre agradable. Ayúdame a aprender a aceptar las dificultades de la vida y saber cómo enviar brillantes rayos de esperanza, a quienes encuentre día con día.»

Maria Sinharinha de Oliveira Nogueira


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