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No puede leer la Biblia o ir a la iglesia

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Yo sé los planes que tengo para ustedes, planes para su bienestar y no para su mal, a fin de darles un futuro lleno de esperanza. Yo, el Señor, lo afirmo, Jeremías 29:11.

LLEGADA DESDE EL INTERIOR DE BRASIL para estudiar, la tímida, observadora y útil quinceañera tuvo miedo cuando llegó esa mañana de domingo. Sin embargo, notamos que le gustaban los niños y comenzó a adaptarse a su nuevo entorno.

Un día su padre, humilde pescador de los sinuosos bancos de arena del Amazonas, vino a visitar a su hija y conocer a la familia con que vivía. Al verificar nuestra religión, nos dio una orden.

-Mi hija puede vivir con ustedes pero no quiero que los acompañe a la iglesia. Tampoco le pueden enseñar la Biblia. ¿Entendido?

No obstante, ella escuchó los servicios de adoración y la música religiosa a la distancia mientras vivió con nosotros. Tres años después, transfirieron a mi esposo. Le teníamos tanto cariño a esa jovencita que quisimos levarla con nosotros; ella quería acompañarnos. Una vez que sus padres dieron su permiso, nos fuimos a la metrópolis de San Pablo. Nuestra nueva casa, cerca de una universidad cristiana, permitió que la muchacha tuviera su primera experiencia en una escuela cristiana. Me ayudó a cuidar a mis dos pequeñas y como yo no estaba en casa cuando ellas despertaban, le pedí que les contara historias bíblicas y cantaran himnos.

Dos años después volvieron a transferir a mi esposo. La chica que vivía con nosotros ya era una mujer totalmente involucrada en la secundaria cristiana. Tenía amigos maravillosos y sentimos que hubiera sido injusto alejarla de ese ambiente saludable. Hicimos arreglos para que se quedara como estudiante internada con una beca de trabajo. Dios tenía grandes planes para ella. Tiempo después recibimos una carta suya que nos daba noticias de su bautismo. Ya era mayor de edad; su padre no podía revocar su decisión, aunque le escribió para manifestar su desagrado. Tras terminar sus estudios, la chica a quien habían prohibido leer la Biblia se casó con un joven cristiano. Hoy tienen un hogar cristiano con dos encantadores hijos.

Alabado sea Dios, porque utilizó a nuestra familia como instrumento para llevar a cabo su plan de amor en la vida de esa muchacha. La convirtió en una hermosa cristiana. También puede transformarnos, si lo permitimos.

Nair Costa Lessa


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