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Gloria al nombre del Señor, no las riquezas

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El rico es como la flor de la hierba, que no permanece, Santiago 1: 10.

CRECÍ EN UNA FAMILIA RICA y disfruté todas las comodidades de la vida. Mis padres tenían una casa enorme, oro, joyas, terrenos, cuentas bancarias; lo típico. Conocíamos a Cristo, nuestra madre y nuestra abuela nos contaban historias de la Biblia y nos enseñaron el temor de Dios. Pero como teníamos todo, nunca sentimos interés. Carecíamos de una relación con Jesús.

Una familia de hindúes ortodoxos vivía en la casa de enfrente. Mi madre y mi abuela le hablaron de Cristo y llevábamos a los dos hijos a la escuela dominical. Les encantaba ir y aprender más de Jesús.

Luego cambió nuestra situación financiera. Perdimos todo y estuvimos muy necesitados. Nos quedamos sin casa, joyas, terrenos y dinero. Cuando nos mudamos en busca de trabajo, nuestros antiguos vecinos también lo hicieron.

Nuestra situación fue de mal en peor. Aunque íbamos a la iglesia, nunca tuvimos oportunidad de participar en una gran reunión o convivio, o de dar nuestro testimonio. Luego pudimos ira un encuentro evangélico de comunión. Aprendimos a tener fe firme en Jesús. Pero todavía no sabíamos si podríamos comer al día siguiente. Sin embargo, nada es demasiado difícil para el Señor. Cuando lo buscábamos con humildad en oración, recibíamos bolsas de arroz, trigo, aceite y todo lo necesario. Como a Elías, Dios nos sustentó mediante su pueblo y nunca pasamos hambre.

Un día nos encontramos a uno de nuestros antiguos vecinos, uno de los jovencitos hindúes. Dijo que ya no era hindú, era un pastor cristiano. Nos dio estudios bíblicos y respondió todas nuestras preguntas. Cuando me invitó a la iglesia, acepté y fui a la Escuela Sabática con mis padres. Nos quedamos a un seminario de Daniel y Apocalipsis, en la tarde. Fue muy interesante y comenzamos a ir a la iglesia regularmente.

Entregué mi corazón al Señor y ahora estoy casada con un pastor cristiano. Me enorgullece decir que él recoge sus joyas y las convierte en sus testigos. Creo que la poderosa mano de nuestro Señor hace maravillas cuando nos rendimos a él.

Percy Florence Edwin Paul


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