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Ahí tienes a tu madre

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Luego le dijo al discípulo: «Ahí tienes a tu madre». Desde entonces, ese discípulo la recibió en su casa, Juan 19: 27.

MARÍA, LA ELEGIDA DE DIOS. La madre terrenal del Hijo de Dios tuvo que entender los asuntos divinos, soportar las burlas de la gente de su pueblo y al final, la muerte de su Hijo.

Las madres elegimos con mucho cuidado a quién acompañará o cuidará a nuestros hijos. Dios conocía los peligros de este mundo al que enviaba a su Hijo. Escogió a la madre más capaz que había.

Imagina el temor, la carga y la responsabilidad que la visita del ángel colocó en el corazón de la joven María. Cuando le contó a José, él pensó que ella había sido infiel. Encaró el rechazo social y la pérdida de su amado. Aceptó el encargo de Dios pero perdía su futuro.

Como mujer joven, María tuvo que ser fuerte y tener una relación íntima con Dios. Él enviaba a su Hijo como bebé, el Creador de todo el mundo venía a que lo criara una madre humana. A María de Nazaret la eligió Dios para que cambiara los pañales a su Hijo y lo bañara. María arrulló al Creador de este mundo hasta que se durmiera; se levantó de madrugada para satisfacer las necesidades humanas de nuestro bebé Dios. María, la elegida de Dios (Lucas 1: 30).

A medida que el niño Jesús creció, su vida resultó especialmente difícil. El diablo lo atacó más que a cualquier otro ser humano en todas las épocas. María tuvo que llenarse de paciencia y sabiduría para lidiar con los hijos de José, además de proteger al Hijo de Dios. Al educar a Jesús en casa, María fue en contra de la estructura social de su época. Lo enseñó a leer y memorizar las escrituras que él citó durante su ministerio. Le enseñó las cosas de Dios, no las tradiciones del hombre. ¡Imagina la gravedad de ser una madre humana con la responsabilidad de enseñarle el Dios del cielo al Hijo de Dios! María enseñó a Jesús que era el Hijo de Dios y que había venido a salvar al mundo de sus pecados. Lo que le enseñara determinaría el destino de la raza humana. ¡Qué carga tan bendita llevó!

María vivió y murió como cualquier otra humana. No está en el cielo: tampoco responde a nuestras oraciones o nos bendice cada día, pero sí fue una santa. María, la que Dios eligió.

Elizabeth Versteegh Odiyar


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