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Necesito un auto nuevo

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Deléitate en el Señor y él te dará cuanto pidas, Salmos 37: 4.

MI CARRO TENÍA DIECISÉIS AÑOS y estaba en las últimas. Fueron muchos los años en que me pregunté si por fin Dios me bendeciría con un auto nuevo. Llegaba diciembre y mis finanzas seguían sin permitirme los pagos de un auto; mi vehículo aún servía, así que decidía que no era el año indicado.

Cuando mi odómetro superó los 428.000 kilómetros y el auto empezó a descomponerse una y otra vez, supe que había llegado el año de ese coche nuevo. Sin embargo, saberlo no era lo mismo que tener los medios financieros para comprarlo.

Mi grupo femenil de oración, mi familia, mi familia de la iglesia y yo, oramos. Sabía cuál auto quería y hasta avancé con fe y tuve un par de pruebas de manejo. Hasta podía imaginarlo en mi cochera.

El mes en que mi auto estuvo en el taller debido a otro problema desconocido, tuve la bendición de que me mucha gente se ofreció a llevarme y pude usar vehículos de mis parientes. Claro que no podía ser así para siempre. Necesitaba un auto nuevo.

Pregunté en mi trabajo cuándo me darían un aumento. Nunca he sido derrochadora y tras ocho años libres de deudas, sabía que el Señor no quería que volviera a endeudarme. Así que confié en él cuando no hubo respuesta en mi trabajo.

El día que mi padre vino de Pensilvania para comprar el auto conmigo (de verdad tengo un padre terrenal que emula el amor de muestro Padre celestial), yo todavía no comprendía cómo podría comprarlo. Después de tomar una prueba de manejo de mi auto «soñado», sabiendo que no podía costearlo, el vendedor mencionó un modelo que yo no había contemplado y estaba en promoción. Incluía un plan de pagos mensuales bastante costeable. ¡Gloria a Dios! Ni siquiera pensaba que todavía fuera posible encontrar pagos tan bajos. El color que yo quería no lo tenían en existencia, así que el vendedor me prestó su auto por una noche; era mi auto «soñado», el que había imaginado en mi cochera. Cuando llegué a mi casa esa noche, con el auto bien guardado, sonreí de oreja a oreja. Qué maravilloso es el Dios al que sirvo. Me concedió el deseo de mi corazón, aunque fuera por una sola noche. ¡Sí había respondido mi oración!

Angéle Peterson


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