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Perdido y encontrado

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Al llegar a casa, reúne a sus amigos y vecinos y les dice: «¡Alégrense conmigo, porque ya encontré la oveja que se me había perdido!», Lucas 15: 6.

ESTABA EN EL NORTE DE NIGERIA, como parte del servicio Juvenil Nacional. Volví a mi casa durante el descanso de la tarde en la secundaria donde enseñaba. Después de comer, decidí descansar un poco, pero me dormí. Soplaba el viento, así que me levanté a cerrarlas ventanas, luego volvía acostarme. Cuando mis compañeras de departamento volvieron de la escuela como a las 2, descubrimos que había perdido mi celular.

Caí en la cuenta de que alguien lo había robado de la ventana, pues lo había dejado en la cornisa. Usamos el teléfono de una amiga para llamar al mío. Contestó un hombre hausa que nos contó la historia entera.

El sujeto que robó el teléfono era alguien a quien habíamos ayudado. Tenía los diez dedos infectados, así que cuando fue a buscar comida, le dimos un antibiótico. El día que robó el teléfono, había ido a nuestra casa para pedirnos dinero, pero como nadie lo recibió y vio mi teléfono, decidió tomarlo y venderlo. Pensó que así conseguiría más dinero que el que le habríamos dado.

Se llevó el celular a la aldea vecina. Por fortuna para mí, el hombre a quien quiso venderlo era honesto. El ladrón le contó una historia absurda de que el dueño del aparato estaba en el hospital y necesitaba dinero. El otro hombre tomó el teléfono y revisó las direcciones que tenía programadas. Se dio cuenta de que no eran los típicos nombres que tienen los habitantes del norte de Nigeria; eran de gente sureña. Así supo que el sujeto mentía. Fue en ese momento que llamé a mi teléfono. El hombre decidió que me lo devolvería si yo tenía pruebas convincentes de que era mío. Sí pude mostrárselas, así que me devolvió el celular y el ladrón fue arrestado.

Todo el tiempo que busqué mi teléfono, jamás dudé que lo recuperaría. En todas las situaciones, lo mejores confiar en Dios. Está listo para ayudarnos en cualquier momento.

Como en la parábola bíblica, quería regocijarme con mis amigas. Pero un teléfono en absoluto es tan importante como una persona. ¡Oh, cómo anhela Dios encontrar a todas y cada una de sus ovejas perdidas!

Omolade Ajike Dada


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