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Frutos de la paciencia

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Va llorando el que lleva las semillas; pero volverá entre cantos trayendo sus gavillas, Salmos 126: 6.

A PESAR DE QUE SOMOS SERES HUMANOS FALIBLES, muchas veces tenemos la tentación de hacer la obra que corresponde únicamente a Dios. Cuando estudiamos la Biblia con alguien que no la acepta, en ocasiones nos decepcionamos y hasta sentimos que perdemos el tiempo. Pero es importante recordar que el tiempo de Dios es diferente. Si cumplimos con nuestra tarea, ir al mundo a predicar el evangelio, con seguridad el Señor se encargará de los resultados.

Conocí a una jovencita a la que le interesaba mucho la Biblia. Nos volvimos muy buenas amigas e íbamos juntas a la iglesia con frecuencia. Le di un estudio bíblico entero y leímos muchos libros cristianos. Nos considerábamos hermanas en la fe. Pero algo evitaba que ella aceptara a Jesús completamente. Su indignación ante los problemas que veía en la iglesia. Parecía que usaba un microscopio y siempre tenía algo que criticar. Muchas veces habló de la importancia de hacer de Cristo nuestro máximo ejemplo. Aun así, mi querida amiga se desanimó. Terminó por dejar de ir a la iglesia y se mudó a otro barrio. Nuestra amistad siguió fuerte, sin que yo la criticara pero sí oraba más por ella.

Seis años después me envió una postal, en la que expresaba su gratitud por mi aceptación incondicional. Al final del mensaje había una nota que expresaba su deseo de volver a la iglesia. Esa postal fue razón para orar más. El Espíritu Santo aún obraba en el corazón de mi amiga y seguí orando y animándola a leer la Biblia.

Después de mudarse a otro estado, volvió a escribirme para preguntarme qué podía hacer para aumentar su fe. Además de orar, leía la Biblia seguido; sin embargo, su fe parecía ser poca. Expliqué que la fe también se nutre de escuchar la Palabra de Dios.

Trece años después de aquel estudio bíblico, recibí una carta de mi amiga. Manifestaba su amor por Jesús. También expresaba gratitud por mi paciencia y porque la había aceptado sin más.

Hoy alabo a Dios, que nos da amor y paciencia para amar y aceptar a nuestro prójimo, y por darle el tiempo necesario para madurar en su fe.

Maria Chévre


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