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También tenemos que divertirnos

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Jesús les dijo: «Vengan aparte conmigo. Vamos a descansar un poco en algún lugar solitario». Porque eran tantos los que iban y venían que no les quedaba ni tiempo para comer, Marcos 6: 31.

CUANDO IBA A LA ESCUELA DE NIÑA, la mayoría teníamos la inocente oportunidad de no tener que preocuparnos de nuestras necesidades y simplemente divertirnos. Una vez que llegamos a la adultez, nuestras mentes con frecuencia divagan con aquellos años de diversión despreocupada, y nos resulta muy difícil encontrar oportunidades similares para «soltarnos el pelo», un rato. Vale la pena, ¿no te parece? Después de recordar esos años pasados de inocencia, usualmente sentimos que rejuvenecemos, nos relajamos y así podemos volver a nuestras actividades y ocupaciones.

Según recuerdo, con mucho esfuerzo un grupo de compañeros de mi trabajo, incluida yo, logramos organizarnos para salir de nuestra jornada rutinaria. Fuimos a la playa a divertirnos. El ambiente estaba tranquilo y pacífico, pusimos música agradable. Caminar descalzos en la arena fomentó la atmósfera perfecta para recordar el pasado.

Poco después del paseo en la playa, nos juntamos en torno a la mesa con un banquete digno de una familia real. Hubo muchos juegos y risas que solamente superó el «llamado al orden» después de comer; compartimos comentarios y experiencias, pensamos en las labores que habíamos realizado durante el año laboral, expresamos agradecimientos y nos deseamos lo mejor para el futuro.

Hubo comunión en el mar, charlas y risas amistosas, mutuo interés y un banquete a la mesa para Jesús y sus discípulos. Pero en todo momento recordaban la gran obra que tenían por delante y las tareas que debían realizar. Determinamos que nosotros también podíamos y debíamos divertirnos mientras compartíamos cariño, interés y comunión. Las fuertes olas que daban contra la costa, llenaban la atmósfera con su sonido mientras nos alistábamos para irnos. Muy pronto fue hora de afrontar un año nuevo por probar y desafiar. Lentamente salieron los vehículos, uno por uno, de nuestro lugar junto al mar. Los abrazos, los suspiros y las risas se apagaron hasta que todos nos habíamos ido.

«Querido Padre celestial, gracias por las oportunidades de divertirnos y relajarnos lejos de nuestras ocupaciones y por la sabiduría y la fuerza para cumplir con nuestras labores, cada día.»

Elizabeth Ida Cain


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