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Pantalones mojados

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Como un padre quiere a sus hijos, el Señor quiere a sus fieles. Conoce cuál es nuestro origen, recuerda que somos polvo, Salmos 103: 13, 14.

UNA TARDE JUGABA CON LOS HIJOS de algunas amigas. Habíamos decidido hornear galletas de Navidad y hacer casas de jengibre. Cuando sacamos la bolsa de harina blanca, me di cuenta de que mis pantalones negros quizá no eran el atuendo más apropiado para la ocasión. Así que subía ponerme «pants». Gabriella, de tres años, me interceptó en las escaleras y me miró.

-Tía LaLa, te cambiaste de pantalones -dijo antes de volver a mirarme. Luego susurró en un tono sabihondo y comprensivo -: Ah, te mojaste los pantalones.

La mente de una niña de tres, solamente podía llegar a una conclusión: si te cambias los pantalones a medio día seguramente es porque te mojaste. Mi amiguita relacionaba mi experiencia únicamente con lo que ella había experimentado. En esa etapa de su vida no podía entender el valor de guardar un par de pantalones en perfecto estado para ensuciar unos viejos, cuando no les había pasado algo. Quise explicarle por qué me había cambiado de ropa, pero recordé que era la misma niñita que no había entendido por qué no podía acostarse con sus botas nuevas.

Me pregunto si Dios a veces piensa que somos así. En ocasiones pareciera que solamente podemos ver una posibilidad; nuestras mentes finitas exigen una explicación lógica. Luchamos para entender la aparente negativa de Dios a explicar los resultados. Pero quizá él no nos explica todo ahora porque la verdad, no tenemos la capacidad para entender. Sabemos que Dios no nos niega bien alguno (Salmos 84: 11). Así que debemos aprender a confiar en su amor y creer que «todo colabora al bien» (Romanos 8: 28).

No culparíamos a mi amiguita por su falta de conocimiento, porque comprendemos la diferencia entre el conocimiento de una niña y el de una adulta. Dios entiende que crecemos en él. Tenemos el reto de quizás contar con el conocimiento ventajoso de las promesas de Dios, mientras luchamos para lograr que nuestro corazón confíe. Es fácil desanimarnos debido a nuestra inmadurez. Qué reconfortante es saber que tenemos un Padre celestial que se encarga de lo que no podemos entender, pues sabe no somos más que polvo.

Laura Henry-Stump


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