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Perder la cabeza

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Compórtense como lo hizo Cristo Jesús, Filipenses 2: 5.

HABÍA SIDO UNA SEMANA muy pesada, con exigencias de todas direcciones. Ya era la mañana del viernes y mi cabello era un desastre. De camino al salón de belleza de Jerri, mi mente estaba ocupada con las preocupaciones de este mundo. Pendientes del día anterior, llamadas que necesitaba devolver, correos electrónicos sin respuesta, cuentas por pagar, compras pendientes y preparativos para el día siguiente. Comenzaba a dolerme la cabeza. Entré al salón entre un bullicio de actividades; mujeres que reían y conversaban de todo, desde peinados hasta noticias y política. Me relajé cuando mi cuerpo se hundió en el asiento de gamuza color chocolate. Poco después, Jerri me llamó para lavarme el cabello. Ella enrolló una toalla fresca y limpia alrededor de mi cuello y con gentileza, me hizo inclinar la cabeza hacia atrás para sumergirla en la palancana llena de champú. A medida que el agua jabonosa y tibia masajeaba mi cabeza, cerré los ojos y decidí disfrutar esa breve sesión de cuidados. Comencé a sentirme descansada, relajada, refrescada y rejuvenecida. Por un momento el mundo giró a mi alrededor. Mi mente se aclaró y se sintió libre. Era como si el mismo Señor me acurrucara en sus fuertes pero gentiles brazos de protección. Quería quedarme así para siempre. Luego, justo cuando estaba a punto de quedarme dormida, Jerri dijo algo que cambió mi día y mi perspectiva.

-¡Amiga, voy a perder la cabeza!

Casi lo susurró, como para no interrumpir mi tranquilidad. Rápidamente abrí los ojos para ver su expresión. Sonreía, como diciéndome: «No sabes a qué me refiero, ¿verdad?». Quedé algo confundida, así que ella procedió a explicar.

—Cuando pierdes la cabeza por culpa de Jesús, es lo mejor que te puede pasar. Su voluntad se vuelve la tuya y sus pensamientos son tus pensamientos.

Jerri comenzó a reír, medio una palmada en la espalda y añadió:

- ¡Quiero perder la cabeza!

Me uní a ella.

-¡Yo también!

Amiga, ¿quieres entregar todo al Maestro conmigo?

«Gracias, Señor, por darme cabello que puede convertirse en desastre. Gracias por las cuentas que pago, los negocios que atiendo, el transporte y los correos electrónicos de mis amigos y parientes. Gracias por Jerri, que no solamente hace que mi cabello luzca maravilloso, también me recuerda la importancia de rendir todo, sobre todo mi mente, a ti. En medio de las cosas cotidianas y ordinarias, me doy cuenta de que necesito perder la cabeza en ti.»

Terrie (Ruff) Long


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