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Oí la voz del Señor, que decía: ¿A quién enviaré? ¿Quién irá por nosotros? Contesté: «Yo mismo. Envíame», Isaías 6: 8.

ERA MI TURNO AL VOLANTE DURANTE un viaje otoñal por el lago Míchigan. El clima estaba excelente, el escenario era hermoso y mi esposo dormía. Parecía un buen momento para seguir escuchando la Biblia en casete. Presioné el botón y comenzó el libro de Jonás. A veces es más fácil comprender la Palabra cuando la escuchas en vez de leerla y aunque he conocido el relato de Jonás desde hace años, me intrigó lo que escuché. Era la historia de un hombre de Dios que no quería ser un hombre de Dios.

¿Has notado cómo son los niños pequeños cuando recién aprenden a comunicarse? Casi todos pasan por una fase en la que su respuesta a cualquier pregunta es un simple y directo «No». Pues el vocabulario de Jonás parecía igual de limitado. Dios le dijo que necesitaba ir a advertir a una ciudad que se aproximaba su destrucción.

-No -respondió. Como sabes, algunas circunstancias desagradables (como estar en el estómago de un pez durante varios días) lo hicieron cambiar de opinión. Pero su actitud fue la misma.

Al final, Jonás fue a cumplir solo su misión en la notoriamente malvada ciudad de Nínive, a tres días de camino (un día eran 35 kilómetros) y con una población de 120 000. Comenzó a predicar en su primer día de camino en el lugar. El pueblo escuchó y se arrepintió. Hasta el rey escuchó la noticia y proclamó un periodo de ayuno y súplicas a Dios. «Al Ver Dios la actuación de los ninivitas y cómo se habían arrepentido de su mala conducta, se retractó del castigo que les había anunciado y no lo llevó a cabo» (Jonás 3: 10). ¿Jonás se alegró del éxito de su ministerio? No. ¿Hay algún evangelista al que no le encantaría esa estadística, 120.000 conversos en una sola campaña? El libro concluye con la gentil reprimenda de Dios. Sin embargo, Jonás está sentado bajo el ardiente sol; se queja y contempla el suicidio. Espero que el final desconocido de la historia sea más alegre.

¿Dios nos llama a realizar ministerios de los que somos capaces, pero talvez no queremos obedecer? ¿Somos veloces para responder que no hasta que nos hemos negado tanto, que parece la respuesta normal? Sí, Dios llama. Es mucho mejor imitar la respuesta de Isaías: «Yo mismo. Envíame» (6: 8).

Diana Inman


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