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Día de cabello rebelde

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Es Dios mismo quien realiza en ustedes el querer y el hacer, más allá de la buena disposición que tengan, Filipenses 2: 13.

ME VI EN EL ESPEJO UNA MAÑANA y contemplé a la que parecía ser una mujer salvaje de la selva. Peinarme y cepillarme solamente logró que mi tupido cabello se viera peor. Lo mojé, pero ahora parecía una simple mujer salvaje de la selva recién Salida de la lluvia. Mechones de cabello se levantaban como picos en todas direcciones. ¡Mi cabello era un desastre absoluto!

-Es hora de un corte -dije al rostro en el espejo. Pensé brevemente en tomar las tijeras y darle forma yo misma. Sin embargo, en otro momento había hecho la prueba con resultados no menos salvajes. Una hora después estaba sentada en el salón de belleza.

-Haz lo que sea necesario, pero quiero verme bonita otra vez -rogué.

Mi estilista lavó mi cabello y le puso acondicionador. Lo peinó y cortó y secó con secadora. Cuarenta y cinco minutos después, alzó el espejo para que yo pudiera ver lo que había logrado.

-¡Maravilloso! Lo lograste otra vez. ¡Gracias!

De nuevo me veía bien. Cada cabello estaba en su lugar y arreglado para verse de lo mejor. Había tenido lugar una transformación. ¿Cuánto tuve que hacer? Nada, excepto acudir a la experta para que ella hiciera lo que yo necesitaba.

De camino a mi casa, pensé: «¡Vaya ilustración de la transformación de la santificación que puede tener lugar en mi vida!». La transformación es obra de Dios, no mía. El Espíritu Santo me cambia de una persona salvaje y voluntariosa, que quiere salirse con la suya, a una mujer obediente a Dios con su amor y su gracia en su vida. Nada de eso es obra mía, no más que mi cambio de apariencia. Mi parte consistió en simplemente llamar a la estilista y entregarme para que ella hiciera lo necesario.

Lo mismo con mi salvación. Me toca elegir a quién moldeará mi vida, dar a Dios la libertad de hacer la transformación como él considere necesario. El producto final será completamente obra suya y no mía. Cuando me miro al espejo de la Ley de Dios veo a una pecadora salvaje y voluntariosa. Pero cuando dejo que Dios haga conmigo lo que quiera, vuelvo a mirarme al espejo y me sorprendo de lo que ha logrado. La obra del Espíritu Santo eventualmente me transformará en alguien que de veras parezca una hija del Rey.

Dorothy Eaton Watts


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