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El pasaporte

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Es bueno el Señor con quien confía en él y lo busca. Es bueno esperar callado la salvación del Señor, Lamentaciones 3:25, 26.

LAS CONSECUENCIAS de la tragedia del 11 de septiembre no fueron solamente físicas, sociales, financieras y espirituales; también logísticas, en términos de nuestra capacidad para viajar de un país a otro. Soy ciudadana canadiense, pero vivo en Florida, gracias a una tarjeta verde. En 2007 se aprobó una ley que estableció que quien quiera entrar a Estados Unidos desde Canadá, necesita pasaporte.

Claramente era tiempo de renovar mi pasaporte caduco. Cumplí con todos los requerimientos, al menos eso pensaba, hasta que me devolvieron la solicitud un mes después. Venía con una nota que indicaba que necesitaba la firma de un estudio de fotografía. No me sorprendí. Eso mismo le había dicho al fotógrafo, pero según su supuestamente vasta experiencia como fotógrafo de pasaportes estadounidenses, respondió que no era necesaria. Así que mansamente envié por correo la solicitud corregida.

No hubo respuesta durante un mes. Llamé a la oficina de pasaportes y el mensaje de la máquina contestadora indicó que el proceso, que debió llevar tres semanas, se hizo más lento debido a la inusual cantidad de solicitudes. Pasó otro mes y nada sucedió. Los mensajes automáticos de la oficina ya no sugerían que dejara mi nombre y mi número telefónico.

Sabía que Dios me enviaba una lección y oré con más fervor para aprenderla. Me alegraba de no tener que hacer algún viaje, pero aun así estaba ansiosa. Tenían mi pasaporte original, una copia de mi tarjeta verde y varios otros documentos. Me había quedado realmente inmóvil.

Luego recibí una llamada que me explicó el retraso. Había escrito el número de una tarjeta de crédito que no habían podido procesar. Rápidamente corregí el número, pero de todos modos tenía que esperar más.

Un viernes sonó el timbre. Era el mensajero del servicio de correos, que llevaba un gran sobre por el que yo necesitaba firmar. Contenía mi anhelado pasaporte actualizado.

Agradezco a Dios por esa lección de paciencia. Le agradezco aún más por su promesa de que en absoluto habrá retrasos para entregarme mi «pasaporte» para su glorioso reino. Solamente necesito seguir las instrucciones de ingreso. Con la ayuda de Dios y la guía del Espíritu, ese es mi objetivo. ¿Responderás conmigo a esa invitación?

Carol J. Greene


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