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¿Para mí? ¡Para ti!

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Evocando tu sincera fe, esa fe que tuvieron primero tu abuela Loida y tu madre Eunice, y que no dudo tienes tú también, 2 Timoteo 1: 5.

CUANDO ALISÉ LAS ARRUGAS de la cubierta blanca de damasco, mis vagos pensamientos se fijaron en mi abuela. Recuerdos de brazos abiertos y corazón enorme inundaron mi visión. Mis dedos se posaron en los gastados hilos de la tela. Vi a mi abuela rehacer la cama de los huéspedes para recibir a cualquier visitante. El abrazo de bienvenida de la abuela nos envolvía con la seguridad de que todo andaba bien y que cada persona era querida. Ser especiales para la abuela significaba que éramos especiales para Dios también.

Salíamos sigilosamente de nuestras camas, pasábamos por el cuarto de huéspedes y nos deslizábamos al fascinante cuarto de nuestros abuelos. Las chicas nos arropábamos con el edredón y nos acomodábamos para recibir otra lección sobre nuestra herencia. En ese momento no sabíamos lo que eso era. «Abuela -rogábamos—, por favor dinos de dónde eres.» Así comenzaba otra mañana especial con la abuela. Las historias siempre eran positivas, aunque no ignoraban las dificultades. Verás, mis abuelos confiaban en Dios y creían en dar testimonio de su bondad. Nuestras canciones y risas se han evaporado. Pero las historias permanecen, avivando en mí la conciencia de que Dios se interesa y provee.

La herencia se transmite: palabras, fotos, actitudes, experiencias, decepciones y alegrías que moldearon las vidas de mis abuelos. La herencia; desafiantes saltos que con ánimo quiero dar hacia cada huella delante de mí.

La abuela de Timoteo debió ser muy parecida a la mía. El apóstol Pablo escribió: «¡Ojalá pudiera verte de nuevo para llenarme de alegría evocando tu sincera fe, esa fe que tuvieron primero tu abuela Loida y tu madre Eunice, y que no dudo tienes tú también!» (2 Timoteo 1: 4,5). ¡Vaya! Qué herencia tan enriquecida. Cuando Timoteo leyó esa carta del apóstol Pablo, me pregunto si vio que su herencia tenía valor. ¿Habrá cruzado por su mente la idea de envolver su herencia para preservarla?

Pablo añadió: «Por eso, te recuerdo el deber de reavivar el don que Dios te otorgó» (2 Timoteo 1: 6). La herencia es un don que debemos usar y pasar a nuestros seres más cercanos y también a los lejanos. Cada abuela y madre, tía y hermana, tiene la responsabilidad de pasar lo mejor de su vida y permitir que Dios mejore su riqueza. La herencia se transmite con deliberación.

Glenise Hardy


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