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Seguridad e incertidumbre

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Es mejor refugiarse en el Señor que confiar en los mortales, Salmos 118: 8.

ME QUEJÉ CON MI AMIGA BETSY.

-En cuanto la luz se pone roja, la gente baja de la banqueta y comienza a cruzar la calle. No miran y no parece que les importa cuántos coches vienen, a qué velocidad o si se detienen.

También señalé que los tiempos de los semáforos variaban en diferentes lugares. Pero también es verdad que en cualquier ciudad o estado de casi todo el mundo, una luz ámbar significa que hay que detenerse. Así que freno cuando veo la luz ámbar.

Un día, un hombre caminó frente a mi auto justo cuando frenaba.

-Vaya, usted confía en sus frenos más que yo -respondió con una sonrisa. No sabía que hacía poco tiempo, habían cambiado los frenos a mi carro. Funcionaban bien, no obstante, ¿quién iba a asegurar que el automóvil se detendría?

-¿Y si mis frenos hubieran fallado justo cuando él se paró frente al vehículo? -pregunté a Betsy.

-¿Sabes algo? Confiamos en que el correo y el cartero nos entregarán la correspondencia importante. Confiamos en que el maquinista llevará a salvo el tren adonde queremos ir, que el policía nos protegerá y el dentista nos curará los dientes. Confiamos en que los cirujanos operarán exitosamente, los pilotos nos llevarán de ciudad en ciudad, los cocineros prepararán nuestra comida, los optometristas atenderán nuestros ojos, los farmacéuticos nos darán la dosis correcta de medicamento y en su fuerza, para evitar una tragedia. Pero nos cuesta trabajo confiar en Dios -dijo ella.

La sociedad depende de que esos individuos realicen sus labores cada día. Nos molestamos cuando no son veloces. Dios siempre está de turno. Siempre es veloz en extremo. Sabe lo que necesitamos antes que lo pidamos. Conoce todos nuestros secretos. Puede arreglar cualquier situación en que nos encontremos. El texto de hoy es poderoso: «Es mejor refugiarse en el Señor que confiar en los mortales».

Tendemos a compartir secretos entre nosotras, pero ni siquiera oramos por las situaciones hasta que parece que nada más que podamos hacer o decir nos favorecerá. Cuando todo lo demás fracasa, acudimos al Señor como último recurso. Sería muchísimo mejor confiar en él en primer lugar, ¿no te parece?

Cora A. Walker


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