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Estoy contigo

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Vayan, pues, y hagan discípulos a los habitantes de todas las naciones, [...] sepan ustedes que yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo, Mateo 28: 19, 20.

COMO SOY CONSEJERA PROFESIONAL, me nombraron para ser consejera de los Conquistadores en un congreso, asignada específicamente a los Aventureros, el grupo más joven. Tres días después de que comenzaran las conferencias, hubo un programa de montañismo para el cual yo debía dar una plática sobre la naturaleza de la cima que íbamos a escalar. La serena belleza del pueblo al pie de la montaña nos hizo apreciar a Dios.

La emoción hizo que los Aventureros saltaran de un lado al otro en el sitio. Aunque nadie salió herido, los adultos teníamos miedo de lo que pudiera resultar de sus travesuras. Así que decidimos descender por la misma ruta que habíamos recorrido para ascender. Una sección pequeña y resbalosa retrasó nuestro movimiento. Tuve que adelantarme para ayudar a todos los niños a cruzar a salvo. Pero qué mala fortuna. Yo me caí. Me había quitado los zapatos para estar con más firmeza sobre la superficie rocosa, pero lo que más había temido me sucedió de todos modos.

Después de limpiar la herida con agua y aplicarle ungüento, las enfermeras que nos acompañaban sujetaron mi pierna con pañoletas. La esposa de un pastor, oró. Los posteriores rayos X mostraron que mi tibia estaba fracturada. Me tendrían que operar. El miedo hizo que me subiera la presión sanguínea, así que tomé medicamentos para la hipertensión durante dos semanas. Mi pierna estuvo inmovilizada.

Gracias a Dios, mi presión sanguínea se normalizó y la cirugía fue exitosa. Estuve dos meses exactos en el hospital y luego anduve con muletas. Se cumplió la promesa del Señor: «Con sus heridas fuimos curados» (Isaías 53: 5). Nunca sentí dolor. Todos los Aventureros oraron por mí, sus padres también y los miembros de iglesia de toda la Asociación. Dios los escuchó a todos. Alabé al Señor. Él dijo que siempre estaría conmigo. Hasta en mi convalecencia, mi Dios me acompañó.

La gente me llenó de amor. El personal médico me atendió con diligencia. Cuando me dieron el alta, varios pacientes lloraron; dijeron que deseaban que compartiera mi fe y les diera consejos de estilo de vida saludable. Gloria al Señor, pude tocar vidas.

«Señor Jesús, por favor úsame siempre, en cualquier circunstancia, hasta que vengas. Amén.»

Falade Dorcas Modupe


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