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El ser humano proyecta su camino, pero es el Señor quien dirige sus pasos, Proverbios 16: 9.

HICIMOS NUESTRO VIAJE SEMANAL a la tienda de abarrotes. Ansiosa de saber cómo estaba mi salud, me apresuré al mostrador de la farmacia para revisar mi presión. Encantada con la lectura de la máquina, muy animada comencé a juntar las mercancías de mi lista. De repente, escuché que me voceaban por los altoparlantes de la tienda.

Mi primer pensamiento fue que era mi esposo, que había regresado al estacionamiento. Me pregunté si había pasado algo malo. En vez de responder de inmediato al anuncio, caminé hacia la entrada, buscando a mi esposo. Al final nos encontramos y como él estaba bien, volvimos a recorrer juntos la tienda hasta que un producto llamó mi atención. Tras mirar la etiqueta, quise levantar mi bolso del carrito, para ver si llevaba dinero suficiente. ¡No estaba mi bolso! Así entendí la razón del anuncio. ¡Ya no caminaba, corría por los pasillos!

En el mostrador de la farmacia, una mujer muy hermosa hizo algo muy hermoso. Me entregó mi bolso y dijo:

-¡Un caballero me la encargó!

El bolso estaba abierto, como lo había dejado junto a la máquina medidora. Tan tranquila y sinceramente como pude, le di las gracias; reconocí la bondad de Dios. Tras una rápida revisión, averigüé que nada faltaba. ¡Tarjetas de crédito, identificación, chequera, monedero, todo estaba!

La gente se pregunta: «¿Dónde están los milagros, por qué ya no suceden?». Yo digo que están por todos lados y ocurren a cada momento. Considero que cada respiración que doy es un milagro. ¿Quién puede saber cuándo tendré el privilegio dar la siguiente?

Cuando Dios nos hace un milagro, no solamente lo vemos con nuestros ojos; la percepción física mejora la espiritual. Luego, al contemplar la bondad de Dios, podemos comprender la verdadera importancia del milagro. Dios está activo en nuestras vidas, constantemente realiza experiencias inspiradoras que cambian la vida. Creo que Dios medio dos milagros aquel día; el caballero que devolvió el bolso y la mujer que me lo entregó. Cada día, los hijos falibles pero confiados de Dios, experimentan maravillosos milagros que constantemente repite un Padre amoroso, misericordioso y lleno de gracia.

Quilvie G. Mills


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