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¿Qué les doy?

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Sean nuestros hijos como plantas que en su juventud van creciendo; sean nuestras hijas pilares tallados que sustentan un palacio, Salmos 144: 12.

EN BRASIL, el Día del Niño es el 12 de octubre. Meses antes, los niños se emocionan con la aparición de juguetes nuevos y sus anuncios. ¡Se llenan de peticiones y preparan sus listas! Entienden poco de los anuncios subliminales y los padres rara vez perciben la ola de consumismo que permea la sociedad. Los padres se sacrifican para proveer objetos efímeros a sus hijos, que los usan un rato y luego quieren otros objetos efímeros. Hablamos mucho de la falta de valores de nuestra época, pero a pocas personas les preocupa transmitir valores eternos a los niños.

La etiqueta en la defensa de un camión llamó la atención de mi hermano. Natanael me comentó la interesante frase: «Dos cosas los padres deben dar a sus hijos: raíces y alas». Analicé tal «filosofía de la carretera».

Las raíces contienen la fuente de nutrientes de un árbol, así como su sistema de apoyo en el suelo. Cuanto más profundas sean las raíces, más fuerte será el árbol; no lo afectará tan fácilmente cualquier viento. Nuestro ejemplo y estilo de vida proveen las mismas raíces mediante las cuales transmitimos a nuestros hijos las virtudes de la honestidad, lealtad, compasión, fe, amor, obediencia, perseverancia, dignidad, amistad, el respeto, dominio propio; los verdaderos frutos del Espíritu y fundamentos del carácter. «Es como un árbol plantado junto al arroyo: da fruto a su tiempo y no se secan sus hojas; consigue todo cuanto emprende» (Salmos 1: 3).

¿Por qué dar alas a nuestros hijos? Nadie quiere criar hijos dependientes, inseguros y frágiles, pero los padres desean ver a sus vástagos ejercitar una buena ciudadanía terrenal y además prepararse para vivir en el reino celestial. A temprana edad, es necesario proveer a un niño la cantidad exacta de independencia, responsabilidad, capacidad de tomar buenas decisiones, discernimiento, visión clara e información correcta sobre la vida y la Palabra de Dios, para que puedan construir su propia historia de vida. Con estas alas podrán volar alto, mirar hacia la distancia y alcanzar el ideal cristiano. «Los que esperan en el Señor, alzan su vuelo como las águilas; corren pero no se cansan, andan y no se fatigan» (Isaías 40: 31).

Nair Costa Lessa


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