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La noche que cantaron los ángeles

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Tú eres el Santo, el que se sienta en el trono, rodeado por las alabanzas de Israel, Salmos 22:3.

TODOS ESPERÁBAMOS CON ANTICIPACIÓN el gran evento; lo planeábamos desde hacía meses. El pastor Bullón venía a Panamá para participar en una semana de renovación espiritual. Viajaba gente de diferentes lugares de Centroamérica solamente para escucharlo hablar. Cientos de autobuses transportarían grupos de todo el país al estadio donde, noche tras noche, daría un simple pero poderoso mensaje de Dios. Como lo esperábamos, la arena se llenó cada noche con miles de adoradores que anhelaban escuchar más de Cristo.

Luego una noche, de repente las luces se fueron durante el programa. La oscuridad fue absoluta. Miré a mi alrededor, nerviosa. Ni siquiera podía ver mis manos. Era como si toda la gente contuviera la respiración, imaginando la tragedia que sucedería si había un ataque de pánico.

No se escuchó algún sonido durante unos segundos. Luego, los ángeles cantaron. Comenzó como un dulce y suave murmullo que creció hasta convertirse en un coro majestuoso de voces. El estadio entero cantaba un simple corito: «Dios bueno es... bueno para mí». Lo cantamos una y otra vez. Las sopranos alcanzaron las notas a la perfección; contraltos, tenores y bajos añadieron sabor a la tonada sencilla y el Espíritu de Dios llenó el oscuro estadio.

Algunos dijeron que sintieron escalofríos, otros lloraron en silencio y algunos oraron, pero todos se unieron al coro de ángeles para cantar esa verdad fundamental: Dios es tan bueno. No supimos cuántos minutos pasaron, pero cuando se solucionaron las dificultades técnicas, las miles de personas reunidas tenían hambre y sed de escuchar más sobre ese Dios que envió a sus ángeles para improvisar un coro en Panamá.

Esa noche memorable, hace más de 20 años, sigue viva en nuestros corazones como la noche en que el mismo Jesús bajó y se sentó entre nosotros. ¡Imagina qué pésimo hubiera sido que la desesperanza y la desesperación nos superaran! Nos habríamos perdido una gran bendición; no hubiéramos experimentado lo que la Biblia implica cuando declara que a Dios lo rodean nuestras alabanzas.

Hermana, no importan tus dificultades; decídete a alabar a Dios de todos modos, porque la hora más oscura es la que antecede al amanecer.

Dinorah Blackman


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